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Buscando a Indio en la Misión

Nota del Editor: El Tecolote se enorgullece en anunciar su nueva colaboración con la escritora, activista comunitaria y residente de la Misión, Adriana Camarena, titulada Unsettled/Inquietos, proyecto piloto que ahora le presentamos. Como su primer ensayo, ella ha realizado el perfil de un habitante de la Misión conocido como Indio, combinando su historia junto a la exploración del antiguo sistema natural lacustre, para crear un recuento único del pasado indígena del barrio.

Camarena condujo su indagación histórica utilizando el Archivo Digital y el archivo FoundSF de Shaping San Francisco, así como consultando periódicos antiguos del acervo de la Biblioteca Pública de San Francisco, registros y diarios históricos españoles, además de la literatura y narraciones orales del pueblo Ohlone.

Fue durante el Verano Indio de 2013 cuando conocí a Indio en la Misión. Caminaba por las calles 15 y Misión tomando fotos a los colchones abandonados y carritos de supermercado llenos con bolsas negras de basura. Un indigente pasó a mi lado y se interesó por lo que yo estaba haciendo. Acomodó su carrito en la acera para mí y se presentó: “Me llamo Indio”.

Su nombre de calle, ‘Indio’, afirmaba su raza. “¿Eres nativoamericano?”, pregunté. En respuesta, Indio arremangó su camisa para mostrar un tatuaje de un palo espíritu con dos plumas de águila largas. “Yo formé parte de la Ocupación de Alcatraz”, dijo, y al hacerlo, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Le pregunté a Indio: “¿Puedo regresar y conocerle?,” explicando que saldría de viaje, pero lo buscaría a mi regreso.

-Sí, está bien.

-”¿Dónde puedo encontrarle?”

-Aquí, o a veces duermo en el parque Dolores.

Chutchui

Basílica Misión Dolores en la esquina de las calles Dolores y 16. Foto: Adriana Camarena

Mucho antes de que existiera la Misión, había una aldea indígena cerca de un arroyo llamado Chutchui. Un grupo del pueblo Yelamu, que hablaba Ramaytush, vivía en Chutchui. En abril de 1776, la expedición de De Anza llegó a las inmediaciones de su aldea, buscando buena tierra. “[L]legamos a un hermoso arroyo”, escribió el padre Pedro Font en su diario, “que por ser el viernes de Dolores, llamamos Arroyo de los Dolores”. El arroyo estaba bordeado por manzanilla amarilla aromática, violetas y hierbas, y corria por lo que hoy es la calle 14, hacia una laguna de marisma que los españoles nombraron la Laguna de los Dolores.

A la orilla de esa laguna, los españoles inauguraron formalmente la Misión de San Francisco de Asís el 9 de octubre de 1776. En 1791 la Misión fue trasladada a su ubicación actual en las calles 16 y Dolores, probablemente debido al ensanchamiento tierra dentro de la laguna y sus alrededores pantanosos durante la temporada de lluvia, extendiéndose hacia el oeste hasta la actual calle Guerrero. Después de que la Misión fue reubicada, el Arroyo de los Dolores pasó a ser conocido como el Viejo Arroyo Dolores y el arroyo al sur de la Misión, debajo de la actual calle 18, se convirtió en el nuevo Arroyo Dolores. La Misión de San Francisco de Asís llegó a ser conocida por su nombre de calle, Misión Dolores.

La aldea de Chutchui perdería su nombre, como la gente Yelamu perdió sus nombres originales con su bautismo bajo el sistema de ranchería de la Misión. Chamis, de veinte años, el primer Yelamu a ser bautizado, se convirtió en Francisco Moraga, adoptando el nombre del santo patrón de la Misión y el apellido de su padrino, teniente José Joaquín Moraga, un invasor español.

Imagen de una instalación con zarape, pantalones de mariachi y una calavera, por Melody Rodriguez. Foto: Adriana Camarena

Clan del Oso

Al mes de conocer a Indio, lo busqué por el parque Dolores, luego de nuevo “río abajo” por la calle 16, pero no pude encontrarlo en ninguna parte de la Misión. Un lunes de octubre, pasé las horas de la mañana buscándolo. Me acerqué a un caballero mayor en la calle Capp, cerca de la calle 16, que estaba sentado en la acera cerca de algunos botes de basura negros. Le pregunté al hombre (a quién llamaré P) si conocía a Indio. Lo describí y a su tatuaje.

P. no lo conocía, pero dijo: “Yo soy indio—Cherokee Negro”. “… de pequeño, miraba películas del Viejo Oeste. Un día mi mamá me halló riéndome de un programa de vaqueros e indios. Ella me dijo: ‘Eres estúpido. Como lo veo, te estás riendo de ti mismo’. Fue así que supe que era Cherokee”.

Otro hombre, W, llegó. Él traía cristal. P sacó una pipa. W me miró con desconfianza pero P dijo: “Está bien”. Otro hombre se acercó y me miró y dijo: “Es bonita”, a lo que P respondió: “Ella no es para eso”, y encendió la pipa. Me la ofrecieron pero negué con la cabeza; luego observé cómo cada uno de ellos la fumaba.

Mientras le daban un toque, les conté un cuento para guiar su viaje. Sentada junto a ellos, reconté mi noche en el campamento Rob Hill en el Presidio el fin de semana anterior, donde un consejo de abuelas ohlone y la tribu Costanera Rumsen Carmel había organizado una Reunión de Gran Ocasión:

El sol poniente había coloreado el cielo de naranja y al caer la noche, un fuego floreció dentro de un círculo de sillas. La silueta y las sombras de las secoyas se extendían alrededor de nosotros, tanto en el cielo como en el suelo. Entramos en ese ‘otro lugar’.

Los danzantes ohlone adornados con pieles de oso se prepararon para entrar en el círculo a través de la puerta sagrada. Las ondas sonoras del tamborileo recorrían mi cuerpo, encantándome. Quería llorar, mientras miraba, no hombres sino osos, empezar a bailar alrededor del fuego, su encarnación de estos animales con preciso movimiento. Perdí el control de mi aún más cuando me invitaron los ohlone a caminar entre los osos dentro del círculo para una sanación.

P, W y el otro hombre, L, sólo asentaban con la cabeza imaginando los osos, la danza, los siglos, el don de sanar…

El mismo día de 1776, en el que los españoles encontraron el sitio para la Misión, fueron a explorar por un cañón donde se toparon con un temible oso, que no tenía miedo de ellos. Los soldados descargaron sus armas de fuego y lo mataron.

Como la arena en la costa

En los 50 años posteriores a su fundación, la población de la Misión Dolores se incrementaría a más de mil indígenas. Los primeros llegaron a través de la integración voluntaria, pero con el paso del tiempo y con la disminución de las poblaciones nativas tras una fiebre tifoidea y la huida de otros para unirse a la resistencia en la Bahía del Este, personas ohlone de toda la región—los Huchuin-Aguastos y Carquins, Miwoks, Suisuns, Napas, Ululatos y Canicaymos—fueron subyugadas al sistema de producción de la Misión. Mientras tanto, el número de personas Yelamu originales en la Misión disminuyó drásticamente. Cuando los EEUU ocupó San Francisco en 1846, sólo un habitante Yelamu permanecía en la Misión, Pedro Alcántara. De su pueblo dijo:

“Mi gente estuvo alguna vez a mi alrededor como la arena sobre la costa … mucha… mucha. Todos han fallecido. Han muerto como la hierba… han ido a las montañas. No me quejo, el antílope cae con la flecha. Yo tenía un hijo. Le amaba. Cuando llegaron los pálidos, se fue. Estoy solo”. – Alcantara, en Johnston (1850), citado en Milliken (febrero de 1996)

Avistamiento

Los Gigantes ganaron la Serie Mundial por tercera vez a finales de octubre de 2014, derrotando a los Reales de Kansas City; salí a las calles para celebrar y documentar la alegría caótica del barrio. Horas más tarde, me dirigía de regreso a casa sobre la calle Misión que se vaciaba. Los policías antimotines estaban acorralando las intersecciones en la calle 16 y la calle 24, dejándonos a los rezagados disfrutar a nuestras anchas en las tierras medias, gritando hurras. Cerca de la calle 20, vi la alegría contagiosa de un indigente con su vestimenta de los Gigantes empujando su carrito cuesta abajo, recogiendo botellas, gritando en victoria, bombeando el puño en el aire e intercambiando palmas con borrachos hipsters y OGs (pandilleros de la vieja guardia) que cruzaban su camino. Corrí para chocarla con él victoriosamente, y me encontré gritando: “¡¿Espere?! ¡Usted es Indio! “Nos abrazamos, y entonces la corriente de la celebración nos llevó al sur y al norte, en direcciones opuestas.

Cortesía: MuseumCa.org

Arroyo Precita

Un arroyo marcó alguna vez el límite sur del valle de la Misión. El arroyo llamado Precita por los ganaderos españoles se originó de las laderas de Twin Peaks. La vía fluvial saltaba abruptamente por la calle 24, cayendo hacia el sur, hacia el pie de la colina Bernal, donde tomaba más fuerza. La calle que bordeaba el río se convertiría en la Calle del Ejército (Army Street) y para 1899 los vecinos de esta calle Amy le estarían rogando a la Ciudad por un sistema de alcantarillado que contuviera las inundaciones y el hedor causado por el pantano de Precita. Sólo unos pocos años antes, una tormenta de fin de semana se había juntado con lo que una edición de 1894 del San Francisco Chronicle llamó la marea más alta conocida en años, tal vez una Marea Real, e inundó jardines y sótanos, cabañas, una tienda de abarrotes cuyo surtido flotaría río abajo y una fábrica de calzado cuyas existencias de cuero quedarían arruinadas. La inundación alcanzó la avenida San José, mientras que un verdadero lago se formó en la calle Misión. Teniendo en cuenta el alcance de los daños que causó, el arroyo debió haber sido originalmente abundante, a veces un río con tirón donde se juntaba con la marea activa de la ensenada cerca del pie de las colinas de Potrero y Bernal.

Eventualmente los residentes de la Misión fueron escuchados y el río y la ensenada fueron puestos en túnel fuera de la vista y de la conciencia, bajo la calle Army, ahora conocida como calle César Chávez. Un flujo constante de coches ahora transita sobre el cemento, entrando y saliendo de las rampas y pasos inferiores de la autopista, en un nudo de carreteras que los geeks de transporte llaman ‘La Maraña’.

Fue finalmente aquí en el Verano Indio de 2017, donde encontré a Indio de nuevo. Esta es su historia.

Clyde ‘Indio’ Martinez, nativo americano Sioux, orgulloso portador del atuendo y colores de su equipo local. Foto: Adriana Camarena

Alcatraz

Un día, cuando Clyde era muy pequeño, estaba de pie cerca del río que corre por el rancho de su abuela en Solen, Dakota del Norte en la reserva indígena de Standing Rock. Mientras miraba hacia las llanuras, vio a un indio Siux vestido con un tocado de plumas, un bastón en la mano y pintura de guerra sobre su cara fruncida. Clyde se volteó para comentarle a su abuela, que estaba cerca de él, pero cuando volteó de nuevo el guerrero se había ido y sintió una brisa helada traspasar su pecho. Germaine Dakota, su abuela, le dijo, “Ese es sólo un espíritu que busca un cuerpo para habitar. Solo te estaba echando un vistazo, pero no eras el bueno”.

La madre de Clyde, Eva Martínez, se había adelantado a California para estudiar escuela de belleza en San Francisco. Clyde y su abuela le siguieron. No mucho después de su llegada a San Francisco, Germaine Dakota abordó un barco con Clyde de seis años y se unió a la Ocupación de Alcatraz, donde vivió durante los meses siguientes. “Al llegar a la plataforma de desembarco, vi el anuncio pintado que decía: ‘Tierras Indígenas’. Creo que todavía está allí. También habían montado tipis”.

Cuando la prisión de Alcatraz cerró en 1963, el Capítulo del Área de la Bahía del Consejo Indígena Americano intentó reclamar la isla. Pero no fue hasta que el Centro Indígena Americano en San Francisco se incendió en octubre de 1969 que los nativos americanos locales fueron animados a tomar acción para hacerse cargo de Alcatraz. Los organizadores finalmente lograron su meta con una invasión de la isla el 20 de noviembre de 1969, en la que 89 hombres, mujeres y niños indígenas llegaron a la Roca y la reclamaron como una ocupación de Indios de Todas las Tribus.

Siendo tan joven, Clyde pasaba sus días explorando la isla, incluso entrando en lugares donde no debería estar. “Es espeluznante por la noche ahí. El lugar rechina”. Recordó que se deleitaba en aquellos momentos cuando los partidarios del movimiento, arribados en barcos desde San Francisco, rompían el bloqueo del FBI para arrojar comida a los ocupantes. Los Indios de Todas las Tribus dependían completamente de la entrega de suministros.

La acción simbólica y el liderazgo carismático del movimiento lograron atraer la atención nacional a las luchas de los nativos americanos, pero en los próximos meses el liderazgo del consejo cambiaría y menguaría a medida que la gente iba y venía. Luego, en enero de 1970, la joven hijastra de Richard Oakes, uno de los principales líderes del movimiento, cayó a su muerte desde una de las escaleras de la prisión. Con el corazón roto, él y su compañera abandonaron la isla. La ocupación cayó en un espiral de problemas al difuminarse el núcleo político del movimiento y el 11 de junio de 1971, diecinueve meses y nueve días desde que comenzó la ocupación, las autoridades federales escoltaron a los últimos 15 indios fuera de Alcatraz.

Tupida de Indios

De nuevo sobre la península, a Indio nunca se le dio mucho la escuela. “Fui a todas las escuelas de la Misión y fui expulsado de todas: Horace Mann, Everett, Lick, todas. Mi madre me llevaba a la puerta principal y yo me dirigía directamente a la puerta de atrás. En un momento dado, ella tenía a alguien vigilando la puerta trasera para que yo no pudiera escapar… Allí donde está el Centro de Navegación en 16 y Mission, había una Escuela de Continuación. Si te echaban de allí, entonces eso era todo”. Indio fue echado de allí. Renunció a la escuela y decidió conseguir un trabajo. “He estado trabajando desde los 13 años”.

Su centro social se convirtió en el Centro Indio Americano que se restableció en San Francisco en la calle 225 Valencia, cerca de la calle 14, frente a la antigua fábrica de Levis que ahora es una escuela. “Pasé allí prácticamente todos los días, jugando al billar y acudiendo a los powwows (reuniones indígenas) mensuales”. Cuando el centro anterior se incendió en 1969, tenía 2 mil integrantes cubriendo cuotas de membresía en el Área de la Bahía, y aportando servicios a unos 30 mil integrantes de la comunidad indígena de los alrededores. Indio describe a la calle de Valencia como tupida de indios de Montana, Dakota del Sur, la Florida, todas las tribus. “Yo solía vi indios en ese entonces”. Él todavía puede toparse con uno en las calles Capp y 16. Con el tiempo, a medida que aumentó el alquiler, los nativos americanos se trasladaron a Oakland y más allá.

Indio, el niño trabajador, comenzó a pulir zapatos en el Cochran’s Pool Hall, un salón de billar en las calles 16 y Market, que es como se convirtió en un tahúr del billar. Allí, Downtown Brown, un jugador de un solo brazo, lo adoptó de aprendiz y le enseñó todos los trucos del oficio. “Sigo siendo realmente bueno”, se jacta. “Le caería a todos los bares indios y samoanos de la Misión. Ahora son barras de vino, pero en ese entonces eran bares indios.”

Sasha y Kayla

A la edad de 14 años, Indio tuvo una hija con una rubia rojiza de ojos azules irlandesa de la Misión, de la misma edad que él, llamada Michelle. “Fue el momento más feliz cuando vi salir la cabeza del bebé cubierta de pelo. Y no es blanca, es morena como yo. Estaba sosteniendo la mano de Michelle y ella me gritaba lo mucho que me odiaba. Luego, los dos empezamos a llorar… Fuimos a clases de lamaze juntos, creo que éramos los más jóvenes en el salón.” Ellos llamaron a su hija Sasha.

Le pregunté a Indio si los padres de Michelle se portaban bien con él. “Oh sí, eran una familia de motociclistas irlandeses. Su padre era dueño de un taller de carrocería en la calle 16 y Capp. Su mamá tenía 6’1 pies de altura con los brazos tatuados.” Fue la mamá de Indio quien no estaba contento de que el no estuviera con su raza. Su madre se casó con Charles Leading Fighter quien fue padre de los dos hermanos y hermanas de Indio. Indio pasó a tener otra hija morena de cabello oscuro con Michelle, a quien llamaron Kayla.

Pero su matrimonio no duró, eran demasiado jóvenes e Indio comenzó a salir. Un día, Michelle lo esperaba en la puerta harta, le entregó a las dos bebés y se fue a dar un respiro. Indio todavía le tiene mucho cariño y se pregunta a veces qué habría sido de él, si hubiesen podido superar los malos ratos. Michelle se fue al norte cerca de Chico e Indio perdió la comunicación, aunque nunca dejó de enviar la manutención de las niñas.

Indio trabajó como operador de máquinas Xerox en las calles 2 y Mission, como cocinero, carnicero, y finalmente se ubicó en el diseño y entrega de ramos de flores en el Mercado de Flores en Bryant Street. De ahí, un florista de Polk Street lo encontró, empleándolo durante más de 10 años. “Es un trabajo muy tranquilo, muy sencillo. No tenía a nadie vigilando mi cabeza.”

Fue durante este tiempo que Sasha y Kayla, oyendo que su padre trabajaba como florista en San Francisco tomaron las Páginas Amarillas y llamaron a todas las florerías de la ciudad hasta que lo encontraron. El próximo fin de semana él estaba allá arriba, visitándolas. Hace unos años, le pidieron a Indio que las inscribiera como parte de la tribu Sioux con su número de registro en Dakota del Norte: “No dicen que son blancas. Dicen que son indias.” Sasha y Kayla tienen ya sus propios hijos, cinco pequeñas nietas sioux entre las dos.

Escultura titulada “Invocación”, de Pepe Ozan, representa al Guerrero Águila, ubicada en la esquina del Boulevard Bayshore, en las calles César Chávez y 16, cerca del paso a desnivel de la autopista US 101. La placa de esta escultura, en la cual se lee “Para honrar la Herencia India de esta región”, recientemente grafiteada. Sculpture titled “Invocation” by Pepe Ozan, representing an Eagle-Warrior, located at the corner of Bayshore Blvd., Cesar Chavez Street at 26th Street, next to the U.S. 101 underpass. The plaque on this sculpture reads “Presented to Honor the Indigenous Heritage of This Region.” Recently graffitied. Foto: Adriana Camarena

Hijo de Gavilán Colirrojo

Indio ha vuelto a Dakota del Norte dos o tres veces cuando estaba aburrido y a ratos vivió en Concord y Vallejo, pero en general la Misión ha sido su hogar. Ha vivido en apartamentos en todas partes de la Misión: 16 y Valencia, 18 y Capp, 18 y Linda, 24 y San Bruno. En 2004, se puso muy enfermo después de que se desplomó en el trabajo. Un tumor benigno se le había desarrollado en la espina dorsal que cortó la circulación a sus piernas y cadera. Necesitaría un reemplazo de cadera. Retener el empleo y la vivienda se hizo más difícil después de su lesión.

Le pregunto si le resulta difícil estar sin casa. “Cuando estaba solo, era más fácil. Ahora que tengo una esposa, me preocupo de dejarla sola. Por eso le conseguí un perro”, Melodía, la cachorra de siete semanas de edad, fue nombrada en honor a su madre humana, Melodía, la compañera de Indio. “Les caigo bien aquí abajo. Siempre estoy cocinando y alimentando a la gente. Espaguetis, albóndigas sobre salsa y arroz… Pero incluso antes de estar aquí abajo, mientras vivía en una casa, repartía calcetines, hacía sopa con mis amigos y salía a alimentar a la gente. Tal vez necesitaban una oración, tal vez sólo querían hablar.”

Alrededor de 2009, Indio empezó a comer y ofrecerse como voluntario en la cocina de San Martín de Porres en la calle Potrero entre las calles 15 y 16. Muy pronto, coordinaba voluntarios y poco después estaría viviendo en el hogar comunal de San Martín. Durante cinco años consecutivos, se levantó a las 6 am y cerró a las 6 p.m. “¿Por qué te fuiste?”, le pregunté. “Me agoté. Acabe por agotarme. Yo estaba trabajando todo el tiempo.” Después de eso él estaba sin vivienda otra vez.

Durante un tiempo, Indio vivió en la calle cerca de la esquina de Folsom y 19, donde un gavilán colirrojo lo adoptó. El halcón había comenzado a posarse en una farola sobre él. Una mañana el halcón trajo un pájaro y lo botó junto a Indio. Sin vacilar, Indio escondió el pájaro bajo una manta. El halcón voló y trajo otro pájaro que se comió. Después de ese día, cada mañana el halcón le traía a Indio un pájaro para comer y luego buscaba otro para sí mismo. “Creo que él pensó que yo era su halcón bebé”, se ríe.

Indio y las Melodías

Indio solía dedicarse al reciclaje para obtener ingresos pero ya no puede hacerlo. Su cadera y pierna le están molestando de nuevo y caminar es difícil. Andar en bici es mejor. Vive de ingresos por discapacidad y espera poder entrar en el nuevo Centro de Navegación de South Van Ness pronto; más por el bien de Melody que por el suyo, ya que ella podrá acceder a servicios adicionales que quiere para atender sus propias discapacidades.

Melodía, el cachorro está mascando mi cuaderno y mi mano y por portarse mal le froto la panza. “Le puse su microchip hoy”, dice indio alegremente, “Un amigo mío publicó en línea que una persona sin hogar necesitaba ayuda para cubrir la cuota de $189 dólares para ponerle microchip a su perro y así nomás alguien ofreció cubrirlo”. Indio le da palmaditas a Melody: “La gente en San Francisco. A ellos les encantan los animales”.

Atrapasueños sobre la calle César Chávez, antes Arroyo Precita. El atrapasueños fue hecho por Indio, con materiales reciclados y naturales. Foto: Adriana Camarena

Ocupación de Tierra Federal

Vivir bajo la rampa de la carretera nacional U.S. 101 en el cruce de la calle Cesar Chavez es estresante. La patrulla de carreteras viene todos los lunes y jueves exigiendo que todos desalojen las instalaciones. “Al llegar dicen: ‘Tienes 10 minutos para moverte o te ponemos las esposas”. En esos días, Indio y las Melodías se levantan con el grito del gallo y arrastran sus pertenencias hacia la ruta ciclista de la ciudad inmediatamente adyacente a la rampa. La comunidad de paso a desnivel traslada su pequeña fila de carros móviles hacia el interior al día siguiente. Es más seguro vivir en un área cerrada con un piso de tierra pero un techo sólido (en este caso una rampa) sobre sus cabezas.

En 1969, los Indios de Todas las Tribus publicaron “La proclamación de Alcatraz al gran Padre Blanco y su Pueblo”, en la cual ofrecieron comprar la isla del gobierno federal por “veinticuatro dólares en cuentas de vidrio y tela roja”. Respaldaron su caso señalando que la isla se ajustaba a la definición de una reserva indígena conforme a los estándares caucásicos considerando su aislamiento, falta de instalaciones modernas y de transporte, falta de agua corriente, industria, empleo, educación y servicios de salud. A pesar de los desafíos geográficos, el consejo propuso desarrollar instituciones apropiadas y visionarias para estudios, espiritualidad, ecología y capacitación en artes y oficios tradicionales nativo americanos.

Al igual que Alcatraz, La Maraña es una tierra similarmente desolada. Pero también podría reconcebirse como un refugio para los pobres guiado por las perspectivas de los nativos americanos. Considere que la ocupación del paso a desnivel U.S. 101 ya tiene un beneficio sobre la isla: por la noche, Indio puede oír el agua corriente del antiguo arroyo Precita fluyendo debajo de él, resistiendo aún el exterminio.

Story by: Adriana Camarena