Winsor Kinkade, artista no binario, se dedica al arte desde que tuvo edad para sostener un lápiz. La pintura y el dibujo han sido, desde hace mucho tiempo, su refugio y consuelo. Ante la intensificación de las políticas migratorias en todo el país, el arte se ha transformado en una herramienta de resiliencia para las comunidades migrantes.
“Gran parte de mi obra nace de profundos pozos de dolor”, afirma. “De pozos de rabia y frustración, pero también de intensas brasas de esperanza”.

A principios de este año, la administración de Trump puso en marcha una redada migratoria a gran escala en Los Ángeles, lo que desató confrontaciones y movilizaciones comunitarias en todo el país. En San Francisco, se detuvo a personas solicitantes de asilo durante sus comparecencias de rutina en los tribunales de migración, provocando protestas y enfrentamientos con la policía en toda el Área de la Bahía.
En enero, Kinkade reaccionó con rapidez: con un marcador rojo, boceteó en una libreta un volante que reunía los números de las líneas telefónicas de respuesta rápida del Área de la Bahía —una red de organizaciones comunitarias que abogan por los derechos de las personas migrantes y que operan las 24 horas al día para responder ante posibles redadas o presencia confirmada del ICE. A través de estas líneas, se confirma la presencia de esa agencia migratoria y se facilita asesoría legal urgente para las personas bajo custodia.
“Veía todos esos números circulando por ahí”, comentó. “Y pensé que sería útil [concentrarlos]”.
Tras publicar el volante en Instagram, la imagen se difundió rápidamente tanto en redes sociales como en las calles. Sus amistades empezaron a enviarle fotos del volante pegado en las fachadas y ventanas de los negocios y en forma de calcomanías por toda la ciudad.


El dibujo original muestra un campo de maíz trazado en rojo, un homenaje a la estrecha relación de Kinkade con el sector agrícola a través de su trabajo de tiempo completo como terapeuta comunitario de salud mental en la organización Ayudando Latinos A Soñar, en Half Moon Bay. En la parte superior, el volante dice: “TIERRA OHLONE – REDES COMUNITARIAS DE RESPUESTA RÁPIDA ANTE EL ICE DEL ÁREA DE LA BAHÍA”. Los números de las líneas de ayuda ocupan el centro del volante y, en la parte inferior, un mensaje en español declara: “NINGÚN SER HUMANO ES ILEGAL”, sellado con una pequeña estrella roja.
Para Kinkade, quien se identifica como queer, su diseño no le pertenece: “Es nuestra”.
Desde que se hizo público, ha pasado por múltiples versiones. “La gente le hace ediciones, cambia el color”, comenta. “He estado alentando eso. Háganlo como quieran”.
También dirige un programa de arte para personas del sector agrícola en ALAS, donde crea un espacio para que las familias se reúnan a pintar después de largas jornadas de trabajo en el campo.


En una época en la que muchos artistas dependen de iPads y programas digitales, Kinkade mantiene su compromiso con la práctica analógica. Trabaja con papel y pluma. Sus óleos son espirituales y viscerales, y a menudo se centran en las manos o en naturaleza muerta. Prefiere los colores intensos, cálidos y terrosos: una paleta que remite a los pueblos agrícolas a lo largo de la Península.
A principios de este año, compartió un linograbado en honor al levantamiento indígena zapatista en Chiapas, México. La obra presenta una gran mazorca que llena el encuadre en un rojo intenso y diversas tonalidades rojizas. En la parte inferior se lee en español: “Tierra y Libertad”.
Su hogar se encuentra en una calle tranquila de Pacífica. Al interior, obras de técnica mixta revisten las paredes. Pinturas recientes se apoyan contra la pared del comedor, mientras varias pieles de animales descansan sobre el suelo de madera y unos ventanales amplios inundan el espacio con luz natural.
En su estudio, los óleos reposan ordenados junto a los pinceles. Una máquina de coser ocupa el centro del lugar. Recientemente, ha estado organizando talleres virtuales que invitan a artistas a movilizarse contra el ICE.
“Para mí, la creación artística es una fuente de sanación”, afirma. “Es una forma de criticar [el mundo]. Pero crear arte es también una oportunidad para imaginar, lo cual creo que es realmente importante cuando la tentación de perder la esperanza está tan presente”.

Gran parte de su obra está moldeada por la actualidad: “Mi trabajo se orienta en torno a la idea de que el arte es un testimonio colectivo”, explica. “Se convierte en una forma de narración comunitaria y, de cierto modo, en la creación de un archivo sobre lo que está pasando, lo que ha pasado y lo que podría pasar”.
El volante de la línea de respuesta rápida ejemplifica esa filosofía, al surgir en un momento de necesidad urgente de recursos accesibles para las comunidades migrantes del Área de la Bahía. Cuando el arte y el testimonio se entrelazan, la resistencia echa raíces.

“Llamo a esta práctica artemonio (arte y testimonio)”, comenta Kinkade. “El artemonio se convierte en una vía para ejercer la resistencia cotidiana y puede ser la semilla para sembrar nuevos futuros”.
Para fomentar ese proceso, creó una carpeta de arte pública donde cualquier persona puede descargar gratuitamente listas de recursos comunitarios, volantes de resistencia ante el ICE, carteles y mensajes para adaptar y compartir.
Kinkade tiene una visión clara sobre los límites de este trabajo. Dice que los números de las líneas de ayuda, por sí solos, no van a detener las redadas ni las detenciones del ICE. Sin embargo, el conocimiento compartido, el arte y las redes comunitarias pueden ayudar a crear sistemas de protección.
Desde su mesa, reflexiona sobre el papel de la comunidad artística en momentos de crisis, parafraseando una cita de Maya Angelou: “Este es el momento en que las y los artistas se ponen a trabajar”, afirmó. “Crear arte en este tiempo es un ritual de resistencia. Es un ritual de testimonio y de narración”.


