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Inquietos en la Misión: Mundo Codificado

Joel Uicab es un programador de 22 años que vive en la tecno-aburguesada Misión. También es un inmigrante maya-mexicano y un galardonado estudiante latino, a quien el sistema de justicia penal lo tiene etiquetado como miembro de una pandilla. Escaló el muro fronterizo cuando tenía 11 años. Ahora, está tratando de hackear su salida del canal escuela-prisión que oprime a su gente en la Tierra de los Libres. ¡Esos son muchos códigos que descifrar!

Saltando el muro

Escalando la frontera, perdió un zapato y su bolsa plástica negra en la que portaba su identificación y documentación escolar. En las siguientes horas, Joel se sentiría desconsolado, metido bajo una lona, escondido de la patrulla fronteriza que cazaba a su grupo. Convencido de que sus documentos perdidos significaban que no podría inscribirse en la escuela, se preguntó a sí mismo: “¿Tenía sentido continuar ahora?”

Más tarde, uno contra otro en la parte trasera de una camioneta, en un viaje de quince horas a San Francisco, Joel y su cohorte de supervivientes finalmente se relajarían. En ese momento, uno de ellos abrió la bolsa negra que recogió a la carrera y se dio cuenta de que no contenía sus papeles, sino los de Joel. El sueño volvió a encenderse.

Cuando él y su primo fueron arrojados al pie del edificio donde sus padres vivían en San Francisco, ellos salieron a recibirlos. Su padre le preguntó: “¿Cómo te fue en tu cruce?” Joel respondió estoicamente: “Estuvo bien”. Su madre le dio un abrazo de todo corazón, y su padre declaró: “Lo que sí es que ahora tenemos que ir a trabajar”. Eran las 5 am en el Nuevo Mundo.

Descifrando el lenguaje

‘Memoria del Futuro’. Raúl Cruz / RACRUFI

“Todo era código para mí”, explica Joel, “como no sabía inglés, tenía que descifrar todo”.

A su llegada, Joel fue inscrito en la Everett Middle School en el Distrito de la Misión. Su maestra, Alicia Medina, lo animó a dibujar imágenes para cada palabra nueva que aprendía. “Tuve que crear un diccionario, palabra por palabra, de lo que decía la gente. ¡Tenía un cuaderno lleno de caracteres!”

El cuaderno fue tirado en una limpieza de la casa. Me queda imaginar el picto-diccionario perdido de Joel como un códice maya contemporáneo para estudiantes de inglés como segundo idioma, o en el caso de Joel, como tercer idioma, ya que él es maya de Quintana Roo, México.

Hablar inglés

Joel hizo un amigo en la escuela: Christopher Arreola, de la Ciudad de México. Sacudiendo la cabeza con orgullo, exclama: “¡Ese es mi negro [mi compa]!”. Después de la escuela, iban al Parque Dolores, donde se motivaban el uno al otro para hablar mejor inglés en el aislamiento de su compañía. “¡No más español cuando lleguemos al parque!”, se prometían el uno al otro. “¡Pronúncialo bien! Abre la boca”, Joel instaba a Christopher. Christopher se la regresaría con su inglés mejor escrito.

De regreso en su casa, tarde en la cama hasta la 1 am, o a bordo de la línea J rumbo a la escuela, Joel se apropiaba del teléfono de su madre para acceder a Inglés Sin Barreras o navegar en diccionarios en Internet para buscar palabras que no conocía o que necesitaba traducir. “Tenías que activar el pequeño ícono de planeta azul y verde para acceder a internet. ¡También tenías que hacer clic, clic, clic para todo!”, lo recuerda haciendo el gesto de dos dedos.

Mientras tanto, la señorita Medina —la asistente de maestra mal pagada, la heroína genio de nuestra historia— les pidió a los recién llegados reunirse el sábado y el domingo con ella en la escuela. “Ni siquiera le pagaban más por nosotros”, dice Joel. “Fue todo para que pudiésemos pasar nuestros exámenes”.

En 2010, tres estudiantes de onceavo grado, de una clase de veintisiete, recibieron una puntuación total de 5 en sus evaluaciones estándar de California en la Everett Middle School. Los tres fueron Joel, Christopher y Maria Campos, todos ellos parte del grupo dirigido por Medina.

Joel recibió el premio César E. Chávez de la escuela y obtuvo su grado con honores.

MySpace

Computadoras con arte visual dan la bienvenida a los invitados a Noisebridge el 12 de septiembre de 2018.

La otra razón por la que el inglés de Joel estaba mejorando era porque estaba en MySpace, la red social más exitosa previa a Facebook. ¿De qué otro modo se suponía que debía comunicarse y coquetear con las adolescentes estadounidenses, si carecía del vocabulario para conversar correctamente con ellas? El formato también le permitió pensar sobre lo que quería decir y tomarse el tiempo para encontrar las palabras correctas.

Una consecuencia necesaria fue que, además de aprender inglés en el teléfono plegable de su madre, Joel aprendió un cuarto y un quinto idioma: codificación HTML y CSS para personalizar su perfil, diseño y canción de MySpace. Los programadores aprenderán en su oficio por lo menos  de tres a una docena de diferentes lenguajes de programación y scripting. En 2016, NPR Latino y Business Insider informaron que MySpace era la razón más frecuentemente referida por las mujeres, incluidas las jóvenes latinas, sobre por qué codificar y trabajar en tecnología. Haciendo memoria un usuario afroamericano de Twitter, @StillWills, dijo: “Myspace nos tenía a todos programando y sin saber que estábamos coqueteando con una habilidad de seis cifras”. En retrospectiva, MySpace aparece como un espacio de codificación igualitario único que mostraba la capacidad de todos para aprender y manejar un nuevo lenguaje común.

Entonces aparecieron las interfaces prefabricadas de Facebook y quedamos todos, literalmente, menos sabiondos.

Traer las matemáticas en la sangre, burros

Un miembro de la quinta generación de dev/Mission, en su primer taller en el 360 de la calle Valencia, el 10 de septiembre de 2018.

“Me gustan los números. A los mayas nos gustan los números. Inventamos el cero. Heredé todo eso”, dice Joel quien aprendió matemáticas a temprana edad en México, tanto en la escuela como en casa. “Mi madre ponía maicitos, granos de maíz, sobre la mesa mientras cocinaba. Me ayudó a visualizar cómo se sumaban los números”. Su padre tenía un método más severo, “Mi padre insiste en que yo calcule todo en mi cabeza. Él dirá ‘¿No tienes cabeza? ¿No fuiste a la escuela? En mis tiempos, ¡no había papel, ni siquiera tinta!”

Después de graduarse de Everett, Joel se inscribió en la Mission High School ubicada en las calles 18 y Dolores. En su último año, tomó la clase de Arte en Computadora. Ed Martinez y su hermano Jesse, fundadores de Latino Start Up Alliance, ofrecieron voluntariamente su tiempo para enseñar computación, contribuyendo con su maicito, por así decirlo, al cierre de la brecha digital entre raza y género en la industria de la tecnología.

“Ed, vio algo en mí”, dice Joel, “Empezó a enseñarme cómo programar”. La programación comenzó a tener sentido para Joel: “Le das instrucciones a la computadora, y solo puede hacer lo que dices. Lo relacioné con mi vida. Para cada acción, hay una consecuencia. Si la sintaxis [es decir, la ortografía y la gramática de un lenguaje de programación] no es correcta, habrá un error”. Aprender a codificar también implica aprender a encontrar los errores en la sintaxis de un código, y depurar la instrucción. “Ed no me daba las soluciones… Si me costaba trabajo, solo me daba una pista”.

Joel aprendió a programar, al estilo de la vieja guarda, compartiendo información, por un lado, y con curiosidad autodidáctica, por el otro. Su madre le compró una computadora. “Desarmé esa computadora quinientas a mil veces, y la volví a armar tantas veces”, dice Joel. Lo que le hizo a su computadora fue el significado original de hackear, desarmar una tecnología, entenderla e intentar mejorarla. Un día, su computadora se contagió de un virus y un señor del vecindario le ayudó pero trágicamente reformateó y borró toda la amada información que Joel tenía, incluidas las primeras fotografías de su llegada a San Francisco. Con determinación y agallas, Joel se volcó de nuevo sobre el teléfono plegable, aprendiendo el significado de ‘tabulación’ y ‘ventana’. Primero recuperó las imágenes miniaturas, y luego aprendió sobre pixelización. Pixel por pixel recuperó sus recuerdos digitales. “Los teléfonos móviles eran la neta para mí”.

Más tarde, Joel encontraría Noisebridge, un espacio anarquista de hackers ubicado en el tercer piso del 2169 de la calle Misión, donde permanecería en una esquina durante horas, leyendo libros de tutoriales sobre lenguajes de programación de computadoras. Casi al mismo tiempo, se inscribió en Mission Techies en MEDA, que se enfoca en enseñar a adultos, mayores de 18 años, una variedad de habilidades de tecnologías de información.

En Mission Techies, Joel mejoró sus habilidades HTML, CSS y PHP, y aprendió el lenguaje de programación ZWIFT. Parte del plan de estudios también incluye llevar a los estudiantes a visitar una gran cantidad de campus de compañías tecnológicas de Silicon Valley.

“Visitamos la nueva sede Infinity Loop de Apple en Cupertino, y el campus de Google en Menlo Park… Fuimos en autobuses desde la Misión hacia allá. En Google, subí a un auto sin conductor que me llevó del edificio A al edificio D. Tuvimos un almuerzo increíble en el bufete. ¿Sabías que hay bicicletas gratuitas que puedes agarrar e ir a cualquier parte? Nadie llamaría a la policía para acusarme de robo, porque no hay necesidad de robar. Me sentí con derecho a todo eso. Yo deseaba tener acceso… Luego volví a la Misión y pensé: ¿por qué funciona allí y no aquí en la vida real? ¿Por qué si son exactamente los mismos profesionales de tecnología que vuelven a la Misión, que no son codiciosos allí, que son sociables allí, por qué no puede ser lo mismo en la Misión?”, preguntó Joel.

Compuertas lógicas

Un detalle de la obra de arte hecho con circuitos por computadora, al interior de Noisebridge, un espacio de hackers, en el distrito Misión.

La revolución digital fue construida sobre la lógica binaria. Los ingenieros construyeron computadoras para interpretar cualquier carácter que teclearan como una serie de ceros y unos. A los 0 y 1 se les asignaron valores lógicos de falso y verdadero. Esto permitió a los ingenieros hacer computadoras que pudieran realizar operaciones de álgebra booleana. En álgebra booleana, se dan dos valores binarios, cada uno puede ser falso o verdadero, y se les aplica una de las siete operaciones lógicas básicas: y, o, no, no-y, no-o, solo o y solo no-o.

Estas operaciones también se conocen como compuertas lógicas. Sin entrar en muchos detalles, existen compuertas lógicas físicas dentro de las computadoras que calculan los 0 y 1 eléctricos. Estas transacciones binarias son la base de toda la informática y la programación moderna.

Las operaciones lógicas básicas de una computadora imitan la lógica humana, excepto que cuando las computadoras equiparan los 0 y los 1 como falsos y verdaderos, no están haciendo ningún juicio moral sobre estos números. En esto, las computadoras son poco humanas, porque nosotros guiamos nuestra conducta cotidiana con base en sistemas de valores morales que definen el acceso a las puertas del poder y la riqueza. En el sistema de valores binarios en el que vivimos, a una raza, a un género se le han otorgado mayor valor.

En 2013, tres mujeres de color fundaron el movimiento #Black Lives Matter (las Vidas Negras Importan, #BLM) en California. Un año después, #BLM subió a la escena nacional, a raíz del levantamiento de Ferguson en 2014, en furia por el asesinato de Mike Brown por parte de la policía. Al decir que las vidas negras tienen verdadero valor y al lanzar un movimiento liderado y centrado en afrodescendientes, #BLM tumbó a las vidas blancas de su pedestal de mayor valor humano. La sencilla sintaxis de ‘Vidas Negras Importan’ frió los circuitos de la supremacía blanca de derecha. Apagado=0=Falso=Blanco, Encendido=1=Verdadero=Negro.

Luego, en 2016, Kaepernick se arrodilló y descompuso el internet.

Para otras minorías raciales, el guión binario es aún más problemático, ya que deja poco espacio para reclamar el valor de nuestras propias vidas, sin incursionar torpemente en una guerra racial nacional que afecta desproporcionadamente a la comunidad de color. En ese guión nacional, latinas y latinas, asiáticas y asiáticos, árabes y otros, somos ovnis humanos que flotan entre las polaridades. Somos la materia oscura inexplicada. Solo los nativos americanos están más invisibles, más afectados que cualquier otra vida. La historia de los Pueblos Originarios, marcada por la violencia genocida, es la píldora roja que irrumpe en la matriz de las economías capitalistas democráticas modernas de las Américas.

Tú perteneces a aquí

Un letrero a la entrada de dev/Mission, en la calle Valencia.

Hace dos semanas, visité a Leonardo Sosa en su nueva organización no lucrativa llamada dev/Mission, localizada en el complejo de viviendas Valencia Gardens en la calle Valencia 360. Sosa llegó a San Francisco en 1985, a la edad de 15 años, un refugiado de la guerra civil guatemalteca. Su vida, su familia y sus habilidades adquiridas en la academia de radio y TV eran sus únicas posesiones. Después de haber hackeado el inglés, obtenido un diploma de preparatoria y tener un bebé con su novia, Sosa prácticamente había renunciado a su carrera en tecnología. Ganaba lo suficiente en un trabajo sindical en Safeway para mantener a su joven familia, pero por cosas de la vida, se lesionó. El sindicato le dio a elegir: cobraba su salida o volvía a la escuela. Eligió asistir a la Escuela de Lengua y Vocacional de la Misión. Pronto estaría enseñando allí, porque los hackers de la vieja guarda comparten lo que saben. Es casi un código.

Leo buscó trabajar en el sector tecnológico del Silicon Valley: “Solicité los puestos de trabajo, tenía las certificaciones de programación que requerían, tenía la experiencia que exigían, pero siempre había hombres caucásicos que conseguían los trabajos. Nunca me volvían a llamar”. Leo sabía lo que sucedía: Blanco=Verdadero=1=Encendido=Contratar ∴ Latino=Falso=0=Apagado=No contratar.

Los ambientes de trabajo dominados por hombres blancos insidiosamente perpetúan las barreras de acceso para las mujeres y las personas de color porque afianzan el valor moral de los hombres blancos sobre otros humanos. Un informe de 2017 de Ascend Foundation sobre inequidad de raza y género en compañías tecnológicas del Área de la Bahía, demostró que los esfuerzos recientes para aumentar la diversidad comprueba que las empresas valoran la blancura: las mujeres blancas tenían más probabilidades de convertirse en ejecutivos en comparación con los hombres hispanos en un 31%; en un 88% más que los hombres asiáticos y 97% más que los hombres de color. Mientras tanto, el informe encontró que entre 2007 y 2015 la brecha racial y de género para mujeres de minorías raciales había empeorado en general. Quizás el hallazgo más dramático es que los asiáticos, que comprenden el 29% de todos los trabajadores de tecnología en las principales compañías tecnológicas, solo tienen la ilusión de éxito. Son el grupo racial con menos probabilidades de ascender a puestos ejecutivos, siendo las mujeres asiáticas las menos probables de todos.

A Leo Sosa le gusta hackear los sistemas, y es implacable en cuanto a conseguir que los jóvenes de color entren en el campo de tecnología lo antes posible. “Los Campamentos para Capacitación en Programación están bien, pero esas habilidades de programación deben ofrecerse a todas las personas, de forma gratuita”, dice. Con ese fin, a lo largo de los años, ha participado en esfuerzos de gran escala nacionales e hiperlocales barriales. Hace unos años, fundó Mission Techies en MEDA. Buscando alcanzar a grupos aún más jóvenes, el año pasado decidió fundar dev/Mission a través de Mission Housing Development Corporation, que atiende a jóvenes de entre 16 y 24 años. El programa está comenzando a establecer proyectos satelitales en otros sitios de viviendas públicas en Visitation Valley y Hunters Point en la ciudad, y también en Oakland.

Una pancarta gigante en la entrada de dev/Mission declara ‘Tú perteneces a aquí’. Sosa quiere que las y los jóvenes que pasen por la puerta vean y reciban ese mensaje. “No les endulzo la verdad. Los preparo para enfrentar la posibilidad de acoso en el trabajo. Algunos de estos jóvenes pueden tener tatuajes y otras razones para ser racialmente perfilados. También hablamos sobre las ‘habilidades suaves’ que necesitarán para tener éxito en un entorno corporativo”.

Ingresé a dev/Mission con la misma actitud sarcástica que se ve en la película de Boots Riley ‘Lamento molestarlo’, sabiendo que el sector tecnológico no es un huevo de oro. Después del primer día de clase de una nueva cohorte, las y los jóvenes de color me recordaron, sin embargo, que necesitan y quieren ganarse la vida dignamente en este mísero mundo.

Hackers y sombreros

Graffiti en gis sobre un cartel promocional de la película ‘BlacKkKlansman’, en las calles 24 y Folsom el 7 de septiembre.

Las películas del Viejo Oeste tradicionalmente visten al bueno con un sombrero blanco y al malo un sombrero negro. Este meme se tradujo al lenguaje de los hackers para identificar a los sombreros blancos como buenos hackers y sombreros negros como malos. Se considera que los sombreros blancos representan de alguna manera la cultura original de los hackers que se desarrolló entre los años 50 y 70: personas que descubren de manera curiosa y lúdica cómo funcionan y se pueden manipular los sistemas informáticos, y comparten esta información entre ellos. Hoy en día, las grandes corporaciones (Twitter, Facebook, Google, MasterCard, Western Union, etc.) emplean sombreros blancos para identificar vulnerabilidades en sus sistemas y tomar acciones preventivas contra intrusiones no deseadas.

Los sombreros negros —los adversarios— explotan las debilidades en un sistema para la ganancia personal ilícita. Los sombreros grises están en algún lugar intermedio, muchos hackeando por placer y para jactarse de cometer allanamiento de morada. Luego están los sombreros rojos, que son como sombreros blancos, pero trabajan para los gobiernos. También hay hacktivistas, pero no les dan un sombrero. Más bien, son cruzados enmascarados con una agenda de cambio político o social, como Anónimo, que ha usado la máscara de Guy Fawke en ataques contra la CIA y el Ku Klux Klan.

Para los jóvenes en el centro de las ciudades hay otros sombreros y colores que pueden entrar en juego. Formado en la Misión, Joel comenzó a interesarse por los sombreros azules. Sucedió casi accidentalmente después de que Joel trajera sus puños mayas a una pelea en el patio de la escuela. La pelea terminó colocándolo al mismo lado que O. O era otro niño de la escuela, que siempre llegaba ‘azulado’ tanto por los moretones que lucía como por cada nivel de ropa que vestía. Necesitando amigos, O comenzó a sentarse con los dos recién llegados Christopher y Joel.

Al llegar a la escuela secundaria, Joel solo quería estar con la pandilla: “Solo era un pequeñito, un aspirante, me echaban fuera los tipos mayores que se juntaban en Dolores Park, fumando marihuana y bebiendo. Empecé a ahorrar dinero en el almuerzo para poder comprar algo de hierba. Yo quería ser de la cuadra”.

“¿Por qué querías estar con ellos?” “¡Porque no tenía a nadie con quien hablar!”, exclama. Con sus padres trabajando arduamente para cubrir el alquiler, ahorrar dinero, pagar deudas, enviar a sus hijos a la escuela y enviar dinero a casa, simplemente nunca estaban allí. “A menudo fumaba o bebía después de la escuela, pero para cuando llegaban a casa a las 10 de la noche, solo fingía estar dormido en mi cama”.

Esta es una narrativa tan común entre las familias latinas inmigrantes —que su sentido de responsabilidad familiar los conduce tanto a sus logros sobresalientes como trabajadores, como al descuido de sus hijos— que organizaciones como Horizons Unlimited dedican recursos para educar a los padres inmigrantes sobre los desafíos que enfrentan sus hijos. Los jóvenes latinos también son muy conscientes de la escasez de dinero en el hogar. Tomando ejemplo de sus padres, prefieren descubrir un negocio propio, que ser una carga extra.

Joel tomó un trabajo temporal, evadiendo la escuela por la mañana pero regresando antes del mediodía: “De 8 am a 11:20 am estaba en la cuadra haciendo dinero”. También aprendió los códigos callejeros más valiosos: “… muestra respeto y no seas soplón”. Por la tarde, regresaba a la escuela para aprender Javascript.

En prisión con Python

Joel eventualmente se peleó por colores, lo cual lo llevó al centro de detención juvenil con una sentencia de nueve meses. “Empecé la escuela en la cárcel, ¡pero estaban dando matemáticas de nivel jardín de niños allí!” Con la ayuda de un abogado y una hábil asistente legal, Joel pudo convencer al juez de que le permitiera aprender Python, un programa de criptografía y seguridad. Curiosamente, su escuela presentó cargos mientras se encontraba detenido alegando que Joel había hackeado el sistema escolar, pero su equipo legal demostró que no podía haber sido él. “Cuando salí, mi P.O. (agente de libertad condicional) no quería permitirme inscribirme en Mission High School. Yo estaba decidido a graduarme de allí. Convencí al director de la escuela de que me dejara regresar”.

Joel volvió a trepar el muro, trabajando dobles y triples turnos escolares, con horas después de la escuela y escuela nocturna, 12 horas al día, para graduarse de Mission High School con un promedio de 3.2. Todos los que amaba fueron a su graduación.

El sueño volvió a encenderse.

La señorita Betty se va de Vacaciones

Para su proyecto final del año escolar en su clase de Arte en Computadora, como un verdadero sombrero blanco, Joel creó el sistema electrónico Rastreador de Estudiantes que todavía está en uso hoy en la Mission High School. Este sistema sustituyó todo el papeleo utilizado por los guardias de la escuela para registrar llegadas tardías, salidas tempranas y pases de papel que distribuían durante todo el día a los estudiantes que visitaban el baño, los casilleros y otras oficinas. Estos registros tenían que ser transcritos por la secretaria de asistencia escolar, la señorita Betty, para enseguida hacer un centenar de llamadas telefónicas personales a los padres respectivos sobre cualquier comportamiento fuera de línea. Con el Rastreador de Estudiantes, los guardias comenzaron a usar lectores de códigos de barras y aplicaciones móviles que enviaba y compilaba información en un archivo en la computadora de la señorita Betty. La computadora luego enviaba un mensaje pregrabado automático con su voz a los padres para informarles sobre lo que sus hijos estaban haciendo.

Así es como la escuela evitó tener que comprar un sistema de licencia a precio extravagante, se salvaron árboles y la señorita Betty por fin se fue de vacaciones.

Por supuesto, Joel se aseguró de que el Rastreador de Estudiantes empezará a operar hasta después de graduarse.

Taquero Guardián

Mientras que los padres de Joel trabajaban en turnos dobles y triples todos los días de 5 am a 10 pm, Joel iba a la escuela y regresaba, y aprendía del mundo que lo rodeaba. El taquero cerca de su casa le haría conversación, actuando como padre sustituto. Apuntaba con la cabeza hacia los homies en la esquina y le decía: “Viniste a estudiar, ¿verdad? Es por eso que viniste, ¿verdad? No te andes juntando con ellos”. Joel, el adolescente, reafirmaría su compromiso con el taquero.

Meneando la cabeza, Joel me confesó: “Durante años ni siquiera podía pararme cerca de la taquería con mis amigos. No quería decepcionar al taquero”.

El taquero no era su único guardián. Su mamá y su papá dieron un paso al frente, y hubo abogados, oficiales de libertad condicional, terapeutas, homies mayores y un torrente de trabajadores sociales comunitarios que en el camino le demostraron que, a pesar de las probabilidades, aún tenía opciones.

Acompañé a Joel hasta su casa después de nuestra charla, evitando cualquier ruta tortuosa en la que el dispositivo de tobillo que lleva puesto pudiese interpretarse como una violación de su sentencia. No puedo evitarlo y le pregunto: “¿Qué se siente ser rastreado como con tu Rastreador de Estudiantes?” Solo se encogió de hombros, agarró su cabeza dijo “¡Joder! ¡Lo sé!”

Depúrate

Joel Uicab, un programador de HOMEY el 28 de agosto de 2018.

Al salir de Mission High, la vida le sonreía a Joel. Recibió un estatus especial de inmigrante juvenil. ¡Tenía papeles, al fin! CARECEN (Centro de Recursos Centroamericano) lo acogió y lo entrenó en roles de liderazgo juvenil. Incluso viajó a Nicaragua para aprender de primera mano sobre el sistema de justicia penal allí. Luego regresó a casa y no tenía dinero suficiente para pagar el alquiler. Joel comenzó a vender en las esquinas. No le parecía que fuese nada, estaba disfrutando el dinero en efectivo, la ropa, el estilo de vida, la atención de ‘amigos’, y luego rompió una regla de la calle: comenzó a usar su producto, primero cocaína, luego la metanfetamina.

Detrás de cada adicción hay una gran pena. Le pregunté a Joel sobre la suya. “Fueron las contradicciones las que me afectaron. Por un lado, estaba trabajando en CARECEN tratando de ser mejor para los demás. Por otro lado, estaba envenenando a mi gente”. Su situación se le escapó de las manos, y terminó encerrado nuevamente.

Joel tuvo suerte. Su paso por la cárcel fue breve, y el personal de HOMEY (Homies Organizando a la Misión para Empoderar a la Juventud) creyó en su deseo de volver a encaminarse mejor, lo suficiente como para contratarlo. En HOMEY, Joel proporciona soporte técnico y habilidades de alfabetización informática para jóvenes. También practica la misión de HOMEY de apoyar a otros jóvenes como él, con esperanza, empoderamiento, liderazgo, cultura y amor.

Joel no ha renunciado a su sueño de trabajar en el sector de la tecnología, pero ahora mismo está trabajando en ‘depurarse a sí mismo’. “¿Cómo?”, le pregunto. “A través de la ceremonia, los baños temazcales y la danza”, responde. Últimamente, ha estado meditando sobre las palabras de lecho de muerte de su abuelito, ese mismo abuelito que lo cuidó en Quintana Roo antes de llegar a los EEUU, aquel que Joel nunca volvió a visitar, incluso cuando tenía el dinero para el vuelo. Las palabras de su antepasado maya fue: “Diles a mis nietos que no hagan el mal. A Joelito, dile que haga el bien”.

[su_box title=»About Unsettled»]

Unsettled in the Mission is a series of literary non-fiction essays by Adriana Camarena to be published periodically as supplements in El Tecolote through January 2019. Her writing is based on portraits of the traditional working class and poor residents of the Mission District for an exploration of Latino identities and histories. This is a collaborative project supported by the Creative Work Fund, however, the views and opinions expressed in “Unsettled” are those of the author and do not necessarily reflect those of Acción Latina.

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Please join the author for a public reading of “Redlined,” at Paseo Artístico’s April 14 event at Acción Latina, 3:30-4:30 p.m. located at 2958 24th Street. The next and fifth edition of “Unsettled in the Mission” will be published in the May 3 issue of El Tecolote.

About the Author

Adriana Camarena is a Mexican from Mexico, complicated by an upbringing in the U.S., Uruguay, and Mexico. She became a resident of the Mission District of San Francisco in 2008. Since arriving in the Mission, Adriana began collecting tales of borders, line-crossings, and overlapping identities told by residents to provide a layered picture of this traditionally working class immigrant neighborhood in California. To learn more about the author and her work, please visit www.unsettlers.org [/su_box]

Story by: Adriana Camarena