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Inquietos en la Misión: Delineada en Rojo

En los días fríos y penetrantes de finales de febrero, caminé a lo largo de Calle Misión, por el lado este y oeste, de sur a norte, desde la calle César Chávez a Duboce. Me detuve en la tienda That’s It! o ¡Eso Es Eso!, ubicada en las calles Misión y 23, donde en el letrero dice “El Centro de la Milla Milagrosa”. La Milla Milagrosa fue el apodo que se le dio a la Calle Misión en su inicio, desde la década de 1920 hasta la de 1960, como la segunda vía comercial más importante de la ciudad. Aquí saludé a una era pasada de inmigrantes, cuando irlandeses, italianos, escandinavos, alemanes, rusos y otros trabajadores inmigrantes de origen europeo que vivían en el vecindario salían a buscar gangas en la Misión.

Durante este período, la Misión fue marcada en rojo como ‘peligrosa’ y tachada de ser ‘industrial’ en mapas emitidos por la Home Owner’s Loan Corporation (HOLC) de 1937 a 1940. HOLC fue una agencia clave del New Deal cuyas categorizaciones influyeron fuertemente en las decisiones de crédito e inversión por parte de las organizaciones financieras. Estudios desde la década de 1980 han demostrado que las áreas delineadas en rojo coinciden exactamente con el lugar donde vivían las minorías raciales y las poblaciones de la clase trabajadora. Como resultado, las clasificaciones de HOLC reforzaron la segregación racial y de clase que perpetuarían las disparidades de riqueza para generaciones futuras. Oportunamente, HOLC describió el núcleo del Distrito de la Misión (Distrito 12) como “una conglomeración inarmónica de casas antiguas, bungalos, pisos y apartamentos, salpicados de tiendas, mercados y pequeños establecimientos industriales”, en una ‘perjudicial’ proximidad al distrito de empaque al este y la línea ferroviaria Southern Pacific que atraviesa el vecindario. HOLC continuó declarando que “debido a su condición decadente, pocas instituciones hipotecarias considerarán solicitudes para préstamos residenciales en esta área”.

El cine New Mission Theater en la calle Misión, entre las calles 22 y 21, el 7 de febrero de 2018

Después de la Segunda Guerra Mundial, los trabajadores europeos con movilidad ascendente se mudaron con la oportunidad de comprar propiedades en los suburbios con hipotecas a bajo costo disponibles para los veteranos beneficados por el G.I. Bill. A raíz de su éxodo, la clase trabajadora latina —habitantes tradicionales del antiguo barrio latino de North Beach— se mudaron cada vez en mayores números a las desocupadas y baratas residencias deterioradas de la Misión.

A través de cada generación rotatoria de trabajadores, las tiendas adaptaban sus productos según las preferencias étnicas dominantes. En la década de 1960, los letreros en la calle Misión comenzaron a hablar en español para coincidir con la creciente población trabajadora de origen latinoamericano. Tiendas de abarrotes, estéticas y peluquerías, carnicerías y pescaderías, envíos de dinero y cambiarios de cheques, tiendas de calzado y ropa, cines, dentistas, doctores, contadores y abogados, agencias de viajes, tiendas de segunda mano, joyeros, estudios de fotografía, casas de empeño y agencias sin fines de lucro han estado sirviendo a los sirvientes de la Ciudad en la Bahía durante más de cien años en la calle Misión.

¡Eso es eso! Hasta ahora.

Caminé por la Calle Misión tres veces más, en ambos sentidos, contando la cantidad de escaparates cerrados, la cantidad de aquellos que ahora son pubs de lujo, bares y restaurantes y la cantidad de sitios en construcción registrados como futuros condominios y nuevas tiendas pipirisnice que sirven a los trabajadores ricos de la industrias tecnológicas, con gustos caro y dinero para despilfarrar. Sentí curiosidad y volví a caminar, buscando lo que quedaba de hoteles, unidades de alquiler residenciales mixtas y tiendas a bajo precio al servicio de familias.

Regreso con una advertencia: los especuladores están preparando un asalto final a los últimos espacios y servicios vitales en la Misión para los trabajadores pobres.

Valor Gigante

Lote donde antes se ubicaba el edificio de uso mixto residencial y comercial, a un lado de los condominios Vida, el 7 de febrero de 2018.

En la mañana del 14 de octubre de 2013, me sentí obligada a ir a la calle 22 y Bartlett. Las noticias decían que un hombre había sido asesinado a las 4:30 am ese mismo día en el callejón. Doblando la esquina de Bartlett con una vara flameante de salvia, me acerqué al sitio en la calle 22 dónde había muerto el hombre. Con delicadeza, busqué los signos de una repentina creación de altar: cartas de amor al caído, velas gastadas, botellas vaciadas para lavar el dolor. Una camioneta negra estaba estacionada en medio del callejón. En la ventanilla del conductor, les pregunté a los dos jomis: “¿Era tu amigo?” Ambos asintieron, levantando la barbilla, tirando de sus cigarrillos. Rodeé su camioneta con la salvia humeante.

Señalaron el lugar donde Maurice White había muerto. Me puse de rodillas y bendije a Maurice, sus amigos, su familia, la calle, el aire sobre este lugar, el lugar debajo de mis rodillas. La vara de salvia ardía con fuerza ahora y la dejé cerca de los primeros elementos del altar esparcidos en la acera.

Cuando Maurice murió, la construcción de los condominios Vida, entre las calles Bartlett y Misión, anteriormente la ubicación de Giant Value o Valor Gigante, ya estaba en marcha. El letrero icónico, en grandes letras de bloque rojas, que marcaba el lugar donde las familias que contaban sus centavos podían comprar artículos domésticos y personales baratos, había desaparecido.

Vida, Vida. Recuerdo cuando estaban promocionando estos condominios para la venta. En la Misión, los agentes inmobiliarios crearon una tienda con llamativas pantallas de televisión que representaban un idílico espectáculo de la vida en la Misión de los latinos —Carnaval, familias de tez morena felices, lowriders, tráfico peatonal exuberante—, con la promesa a los compradores de que vendrían a vivir aquí, al corazón de la Misión. Toda la tienda de especuladores se sintió como una cruel instalación de arte dedicada a vender a la clase obrera latina a los gentrificadores tecnológicos. Para el verano de 2015, las unidades se habían agotado a precios que oscilaban entre $644,000 y $1.865 millones, con el 90% de los compradores empleados en la industria de la tecnología.

Los dueños de los condominios de Vida ahora se quejan y exigen que la tarima anual de jueces frente a su edificio para el Carnaval —un evento comunitario de 40 años de antigüedad— sea removido de su ubicación. Los desarrolladores construyeron los condos Vida con la promesa de desarrollar vivienda asequible para personas de la tercera edad en Shotwell Street, cerca de la calle César Chávez, pero recién este año comenzaron la construcción (demasiado tarde para los desplazados en los cuatro años desde que fueron construidos los condominios de Vida mas no estas unidades).

Cuando miro los condominios Vida, me pregunto si los nuevos terratenientes alguna vez se establecerán lo suficiente para experimentar el duelo de la pérdida de un vecino de cuadra en la calle Misión, o se irán, ignorantes del daño creado por los especuladores que los trajeron aquí.

En enero de 2015, se desencadenó un incendio de cuatro alarmas en el gran edificio de tres pisos de carácter mixto comercial y residencial con renta controlada, que ocupaba la esquina de las calles 22 y Misión, justo al lado de Vida, matando a uno y desplazando a más de 40. Un gran jurado sobre los incendios en la Misión concluyó que las condiciones de manutención deplorable violaban todos los códigos de incendios y su falta de verificación de cumplimiento condujeron a la pérdida del edificio. El edificio estaba en una ubicación cotizada de bienes raíces.

El mercado histórico Mission Marketplace en el piso inferior que atendía a preferencias étnicas de bajos ingresos fue aniquilado. Las familias desplazadas aún están esperando saber si alguna vez encontrarán un hogar de nuevo en la Calle Misión.

Anclar

El controversial carril rojo de autobús, en su cruce cercano a las calles Misión y César Chávez, el 21 de febrero de 2018.

En esos fríos días de febrero, visité a Peter Papadopoulos y Christopher Gil en la Agencia de Desarrollo Económico de la Misión (MEDA), una organización sin fines de lucro que ha estado promoviendo la equidad económica y la justicia social en el Distrito de la Misión durante 45 años. Nos sentamos y comparamos notas sobre la calle Misión. Mi investigación utilizando un arma inmobiliaria, el sitio web de Property Shark, muestra que los precios de venta de viviendas unifamiliares y condominios son la fuerza motriz de la gentrificación, que este año ya, respectivamente, alcanzaron un alarmante precio medio de venta de $1,992 y $1,092 por pie cuadrado. Más difíciles de cambiar y vender, pero siguiendo la misma tendencia, las unidades residenciales y comerciales mixtas tienen un precio de venta medio de $500 a $548 por pie cuadrado. Comprobando en Property Shark, también he notado que las tiendas comerciales cerradas con escaparates en la Misión ya han cambiado de manos varias veces en los últimos años, entre fideicomisos y sociedades de responsabilidad limitada establecidas por los especuladores de bienes raíces y los propietarios para preparar su asalto terrestre.

Peter explica que MEDA está trabajando para evitar que esta calle se encuentre con la misma suerte que la calle Valencia, donde los negocios familiares fueron convertidos en tiendas minoristas de lujo y lugares para comer y beber, sirviendo principalmente a turistas. “Algunos sitios en la calle Valencia operarán con pérdidas para mantener una tienda de escaparate en San Francisco, lo mismo que buscarían hacer en Manhattan”.

MEDA está trabajando con los nuevos comerciantes en la Misión para cumplir con estándares de la comunidad, trabajando para hacer pasar una legislación que ralentice la toma de control, promoviendo valores familiares y comprando propiedades como el edificio abandonado en las calles 18 y Misión, que pronto será el nuevo hogar de Dance Misión y Mission Neighborhood Resource Centers. La intención es anclar las esquinas de la calle Misión para permitir el mantenimiento de lugares culturales. MEDA también colabora con el Programa de Sitios Pequeños de la Ciudad para comprar propiedades residenciales para poblaciones de bajos ingresos que, de otro modo, podrían comprarse para convertirse en residencias de lujo. Aun así, MEDA solo puede comprar lo que está a la venta y sea factible de comprar.

Sin otro levantamiento de la comunidad que exija una postura más decisiva por parte de los políticos en City Hall, habrá una venta mayorista del Distrito de la Misión, un refugio seguro, histórico latino, multicultural y de clase trabajadora. El levantamiento está en proceso.

Ruta Roja de Autobús

Delineado en rojo, mapa del Distrito de la Misión, HOLDC, 1937, disponible a través del proyecto Mapeo de inequidad.

El carril rojo exclusivo al tránsito de autobuses y taxis en la calle Misión, desde la calle 14 hasta la 30, fue concluido en mayo de 2016 por la Agencia de Tránsito Municipal de San Francisco (SFMTA). El enfoque del carril rojo del autobús era estrecho: movilizar a los autobuses y las personas sobre ellos más rápido. Pero el plan no fue bien recibido en la comunidad, porque la Misión es un lugar mágico con una larga memoria.

En 1966, la Misión era un barrio derelicto. Luego vino el programa federal de Ciudades Modelo que prometía el apoyo del gobierno local para la “reurbanización” y la “renovación urbana” de las comunidades pobres y de clase trabajadora en la Ciudad. Se decía que era para el bien del pueblo. Pero los Misioneros que tocaron en sesiones de improvisación en el Fillmore (el Harlem del Oeste) habían visto, de primera mano, los efectos del dinero federal en el Western Addition que resultó en la dislocación masiva de la comunidad negra y el aplastamiento de su vibrante cultura. Cuando ese año, los planificadores de la ciudad llegaron con un estudio de viabilidad para la construcción del BART, la gente de la Misión, desde empresarios hasta líderes sindicales y organizadores radicales, se levantó en resistencia.

Fue un año de organización quejumbrosa, en el cual la gran diversidad de grupos se reagrupó con un solo enfoque, el Consejo de la Misión para la Reurbanización (MCOR), cuyo propósito era detener la imposición de la reurbanización en la Misión. El MCOR reunió asociaciones de inquilinos e inquilinos pobres, iglesias de diversas denominaciones, sindicatos poderosos, empresas y organizaciones de propiedad. Una de las preguntas orientadoras del MCOR fue “¿Dónde estoy en la foto?” El MCOR levantó una oposición comunitaria tan exitosa que la Junta de Supervisores bloqueó el redesarrollo en la Misión.

Después de su éxito, el MCOR se disolvió, pero varias personas continuaron con la movilización iniciada y formaron la Organización de la Coalición de la Misión (MCO), ahora con el propósito de crear una organización representativa que buscara el control absoluto de los fondos de redesarrollo en la Misión. La MCO reveló un rico tapiz de personas en su estructura de toma de decisiones y llegó a involucrar a 12 mil residentes de una población de 70 mil vecinos. Este nivel de movilización urbana en la ciudad de San Francisco no se ha visto desde entonces.

Mission Rebels in Action, un grupo que se sincronizó con el movimiento Black Panther de finales de los 60 y principios de los 70, se mantuvo fiel a su búsqueda de empoderamiento desde abajo y se opuso a la MCO. Pero en su resistencia, también infundieron la política de la MCO con una visión enraizada en la política del Tercer Mundo que expresaba una amplia solidaridad hacia las personas de la clase trabajadora y las naciones colonizadas de nativos americanos y africanos y sus descendientes. Jason Ferreira escribe que en el Área de la Bahía, los activistas redefinieron el significado de Aztlán, esa mítica tierra azteca que los chicanos señalaron como una tierra prometida. “[Aztlán] fue reinterpretada y retrabajada de tal manera que se abría hacia afuera y aceptaba las luchas de todas las personas oprimidas”.

Edificio histórico en la esquina de las calles Misión y 18, adquirido por MEDA, que será rehabilitado para usos comunitarios, culturales y sociales, el 22 de febrero de 2018.

La MCO, que se convirtió en el conducto para que el Alcalde Joseph Alioto administrara el dinero federal de ‘Ciudades Modelo’, finalmente colapsó en la década de los 70, pero no antes de definir proyectos de desarrollo clave de acuerdo con las prioridades de los residentes de la Misión. Quizás lo más importante es que la MCO hizo innegablemente visible el nuevo electorado hispano de la Misión. Entre tirones internos e incluso en su fragmentación, el MCO fortaleció las organizaciones existentes de los años 50, y sembró una gran variedad de nuevas organizaciones comunitarias. Entre las organizaciones sin fines de lucro fundadas previo a y durante ese periodo, el Centro Social Obrero, Arriba Juntos, el Programa de Alternativas Reales (RAP), Horizontes Ilimitados, La Raza Centro Legal, el Centro Cultural de la Misión para Artes Latinas, Precita Eyes Muralists, MEDA, Acción Latina y San Francisco Tenants Union, permanecen al servicio de las familias de la Misión, evolucionando para satisfacer sus necesidades. Con organizaciones aún más antiguas fundadas a principios del siglo XIX, como Mission Neighborhood Center y organizaciones basadas en la fe, los organizadores de la Misión han fomentado nuevos espacios icónicos seguros como el Instituto Familiar de la Raza, la Galería de la Raza, el Teatro Brava, HOMEY, Causa Justa y CARECEN.

Casa Guadalupe sobre las calles Misión y 26, el 21 de febrero de 2018.

Agentes inmobiliarios, YIMBYS y políticos aparecen desorbitados y confundidos por la capacidad de la Misión Latina de exigir el control del desarrollo, pero el pulso histórico de La Raza no pide un asiento en la mesa del colonizador, sino que pone su propia mesa con chilaquiles, pupusas y agua fresca, con la abuela y los nietos en un revoltijo sosteniendo las esquinas.

El carril rojo del autobús en la calle Misión opera según tres principios básicos para minimizar el tráfico de automóviles: giros a la derecha forzados para autos cada tantas cuadras, sin vueltas a la izquierda y una vuelta a la derecha forzada en la calle César Chávez. Los resultados del carril rojo son que los autobuses MUNI ahora se mueven 2 minutos más rápido, y las tiendas para familias latinas que operan durante el día en la calle Misión están sufriendo dramáticamente por la capacidad disminuida de sus clientes para llegar y estacionarse cerca de estas tiendas. Mientras tanto, los pubs nocturnos, bares y restaurantes que atienden a trabajadores ricos de la tecnología y turistas se están abriendo en números crecientes. El creciente emborrachamiento de la Misión es una bofetada a los organizadores de la Misión que trabajaron duro durante los años 80 y 90 para crear las leyes de licor más restrictivas en la Ciudad. Su trabajo sirvió para reducir el acceso y la exposición de los jóvenes al abuso del alcohol y para apoyar los programas de recuperación en curso.

Para colmo de males, las reglas básicas de la ruta roja del autobús hacen el ‘lowriding’ en la calle Misión imposible. En los años pico de 1979 y 1980, los viernes y sábados veían una línea de luces rojas traseras y lentas que se enfrentaban contra la hilera rebotante de faros delanteros, cuando la juventud latina se derramaba en las calles, desde Avenida Silver hasta la calle 14. La calle Misión se convirtió en la meca del lowriding del norte de California con enfrentamientos regulares con la policía, que utilizaban el barrio como su campo de entrenamiento de novatos para romper cráneos de personas de tez morena y negra. Los lowriders de la Misión pelearon y ganaron una batalla legal contra la policía para poner fin a su discriminación racial y defender su derecho a la autoexpresión. La prohibición repentina de navegar en una obra de arte rodante hecha a mano es para jalarse los pelos.

El pasado 25 de enero, Nuestra Misión Sin Desalojos (Our Mission No Eviction) organizó una marcha hacia City Hall para ‘¡Salvar la Calle de la Misión!’. Una coalición de organizadores y estudiantes se mantuvo al frente. Entre ellos caminaba Roberto Hernández, un lowrider y un organizador misionero de la vieja escuela, forjado en los fuegos de las pasadas luchas de la Misión. Bajamos por la calle Misión, cantando: “¿De quién es la calle?” “¡Nuestra calle!”. Sobre la ruta roja caminamos, lentos, en una marcha de giro izquierdoso, resistiendo todas las vueltas forzadas hacia la derecha, recordando lo que César Chávez y Dolores Huerta solían decir: “¡Sí, se puede!”

Mujeres Rojas

Peluquería y tienda sobre la calle Misión, ofrece cortes al costo accesible de $10, el 22 de febrero de 2018.

En Revolution Café, cerca de la Misión y 22, al lado del cráter de la unidad incendiada, un lunes por la noche a fines de febrero tomé una copa con intelectuales feministas chicanas: la maestra Yolanda López y Angélica Rodríguez, la Coordinadora de la Galería en el Centro Cultural de la Misión para las Artes Latinas. El MCCLA, una institución de 41 años de edad, se encuentra en las calles 25 y Misión. Estábamos hablando de ‘The Shape of Water’ de Del Toro, que acabábamos de ver a la vuelta de la esquina en el renovado New Mission Theatre al lado de Vida. La película trata sobre Otros y los monstruos que los persiguen. Nos dio motivos para la reflexión.

Me hice amiga de Yolanda y Angélica casi simultáneamente hacía cuatro años, que pedí grabar un cameo de Yolanda para una serie de narración de historias que había filmado alrededor de una fogata. En la fogata, los residentes tradicionales de la Misión contaron sus historias de desalojo: maestros, trabajadores sociales, activistas y artistas, como el hijo de Yolanda, Río. En ese momento, Yolanda, Río, su padre René Yáñez y su compañera, Kiki Wallace, se enfrentaban a un desalojo, conforme a la Ley Ellis, de su complejo de apartamentos en la Avenida San José. Durante el rodaje, Yolanda y yo — completas extrañas la una para la otra, ella una artista de clase mundial, yo simplemente risiblemente afortunada—, decidimos colaborar en una exhibición en el evento anual de Sólo Mujeres en el MCCLA. “Quiero usar mis documentos de desalojo”, dijo Yolanda. Nuestra aplicación fue aceptada. Angie era la jefa de la galería.

Nuestra instalación, titulada ‘Investigación de Escena de Desalojo’, incorporó una ‘pizarra de homicidio’ que mostraba a un desalojador en serie y sus víctimas. El día antes de la inauguración, Yolanda se sentó en la galería, a dibujar un retrato de nuestro principal sospechoso, el desalojador serial Sergio Iantorno, y sus víctimas, Yolanda y su hijo. Estaba decidida a exponer al culpable, pero lloró en silencio cuando dibujó a su hijo.

Al observar los niveles de dolor y estrés experimentados por tantos residentes de por vida del vecindario, está claro que el desalojo por gentrificación mata. Yolanda estaba segura de que terminaría en la calle sin hogar. MEDA salvó el día al comprar el edificio unos meses más tarde, lo que le permite a López vivir en una unidad de alquiler permanentemente barata ahora rehabilitada, hasta el día de su muerte.

En el transcurso de nuestra conversación en Café Revolution, Angie dijo algo muy chicano: “Necesitamos descolonizar el arte”. Más tarde, nos reunimos para organizar la instalación del Cuartel de Guerreros Maya en Honor a Luis Góngora Pat, que se inaugura el 7 de abril. Le pregunté qué había querido decir. Angie explicó: “La descolonización no se trata de volver a vivir en el pasado, sino de tratar de aprender como aprendían los antiguos. Tomar la danza. Comencé la danza cuando era adolescente, rodeada de violencia en Salinas. La danza exige disciplina, pero también absorbía mi gran energía. El círculo era como unirse a una pandilla, pero no lo era. Aprendí haciendo: aprendí a coser y decorar mis atuendos, cómo construir un temazcal y viajé a todas partes con mi grupo. La danza enseña a través del proceso, no como la enseñanza occidental en aulas. Mi palabra y mi acción deben coincidir. Nutrió mi trabajo como artista. Al mismo tiempo, durante una danza, entendía que así es como los antiguos desarrollaban la resistencia, en caso de que necesitáramos ir a la guerra”.

Mi Aztlán

Rin de un lowrider rojo en la Calle 24, el 17 de septiembre de 2017.

Al salir de MEDA a última hora de la tarde, continuaba mi trabajo de hacer un recuento de las tiendas cerradas y los nuevos bares de moda en la calle Misión, cuando Carlos Gutiérrez apareció ante mí. Había salido por un momento de HOMEY, una organización que milagrosamente ha regresado a la Misión con el apoyo de MEDA. Lo acompañé en un mandado bancario, y luego tomamos un cafecito espontáneo en La Taza.

Carlos me regaló historias sobre cómo era la calle Misión en los 90, los edificios con apariencia bombardeada con esquinas repletas de jomis, muchos que enfrentaron las mismas luchas que él: enseñándose unos a otros cómo vender drogas para sobrevivir, perdiendo decenas y decenas de amigos y conocidos por la violencia callejera y las drogas, aceptando la responsabilidad de ser un padre adolescente, aceptando la ayuda de los trabajadores sociales de la Misión que le dieron su apoyo cuando tomó la decisión de cambiar su ruta, haciendo que su grupo de jomis se sintiera orgulloso de él el día que los reunió, no para un funeral o una bienvenida a casa de la prisión, sino para su graduación de la universidad.

Carlos Gutiérrez es un héroe para mí. Una vez tuvo su boleto fuera del barrio, pero regresó, cuando la esperanza anda baja para los milagros en la calle Misión. La conversación se desvió, y saqué a tema la película Black Panther que se proyectaba unas cuadras arriba en el New Mission Theatre.

Carlos dijo: “No he visto a Black Panther. ¿Qué es Wakanda? ¿Como la tierra patria?” Respondo: “Algo así, más como si convirtieras a Aztlán en un lugar real”. Sin titubear, Carlos proclama: “Ah, la Misión es mi Aztlán”.

Lloro al escuchar a un jomi de la Misión, que se alzó de la nada por su propio esfuerzo, decir que la Misión es su tierra prometida, debido a todas las luchas superadas y las que aún deben enfrentarse.

Los especuladores de la tierra, estos oportunistas doble-cara en la calle Misión, continuarán utilizando el carácter cultural del vecindario para transformar escaparates y residencias. Pero este es Aztlán para la latinos nacidos y criados en la Misión. Cuando hayan enterrado a sus muertos aquí, como lo han hecho las y los jomis de la Misión, tal vez entonces puedan reclamar esta tierra. Hasta entonces, los desarrolladores pueden esperar una pelea callejera.

¡Escuchad! ¡A las armas! ¡Aztlán nos llama!

 

Story by: Adriana Camarena