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Una amorosa herencia musical
[su_label type=»info»]El Abogado Del Diablo[/su_label]
Rafael Manríquez y su hija Marci Valdivieso actúan en el Concierto Vicente Feliu en el Brava Theater en 2012. Courtesía: Marci Valdivieso

Tuve la suerte de ser amigo y colaborador del gran cantante y compositor chileno Rafael Manríquez, quién nos dejó —demasiado pronto— hace unos cuatro años.

Si existe un cielo, ahí está Rafael junto a Violeta Parra, Víctor Jara y tantos otros, haciendo tremendas peñas folklóricas y alborotando el gallinero celestial con su voz y su guitarra.

Igual, con o sin cielo, su música sigue viva. Viva en sus grabaciones o porque sus composiciones son interpretadas por mucha gente, pero, principalmente, por el esfuerzo de su hija Marci.

Ella, junto a su marido, Ricardo Valdivieso y sus tres hijas, cada año organizan un evento que han denominado ‘The Rafael Manríquez Festival’. Este año es la ‘Tercera Celebración Anual de Música y Poesía’ y se llevará a cabo en el Freight & Salvage Coffeehouse, en Berkeley, el 10 de junio, a las 8 p.m., (esa noche, este Abogado del Diablo tendrá el honor de ser el maestro de ceremonias y a lo mejor me dejan cantar una o dos canciones).

Conversé con Marci hace un par de días: me interesaba saber las razones de esa persistencia organizadora. Claro, es natural que una hija desee mantener viva la memoria de su padre, pero el esfuerzo que conlleva este concierto anual, que además de promover la música de Rafael también promueve su poesía inédita, me llamaba profundamente la atención. Quería tocar esa veta amorosa.

Después de saborear un delicioso platillo de berenjenas que ella preparó, acompañadas del por suerte infaltable vinito tinto, comenzamos la charla y le pregunté qué le animaba a hacer lo que hace.

“Bueno, además del hecho de que Rafita era mi papá, el dejó un cuerpo de música muy grande. Vivo, no tuvo la oportunidad de cantar su música. Siempre le daba el gusto a quién le contratara. Eran las canciones de Silvio Rodríguez, o de Violeta… pero casi no cantaba sus composiciones”.

Fui testigo de eso, ya que varias veces le pregunté a Rafael el por qué no cantaba más de sus canciones. Lo atribuí al hecho de que Rafita era una persona modesta, que antes de empujarse para salir al centro de la foto (como lo hace el ‘No es mi presidente’, el tal Tramposo), cedía los lugares de privilegio, o los compartía.

Marci agrega: “Estoy consciente del excelente nivel, de la profundidad de la música de mi papá. Muy prolífico. Siempre me andaba mostrando nuevo material: “Mira, tengo ésta, tengo esta otra”.

Rafael Manríquez y su hija, Marci, ensayando en Berkeley en 1987. Courtesía: Marci Valdivieso

Cuando le pregunté cuándo comenzó ella a cantar, me contestó que fue su padre quien la animó: “El me regaló mi primera guitarra… y también me mostró el otro lado de las cosas… No crecí con él, sino con mis abuelos maternos, en Nueva York. Ellos eran mucho más conservadores que mi papi. Desde los 4 años de edad, mi papá me daba una visión progresista, más abierta, defensora de los indígenas del continente… al contrario de lo que otros decían. Solo pude vivir con él entre los 17 y los 19 años… pero antes, desde siempre, me mandaba casetes con música, donde también me hablaba… o me mandaba libros…”.

¿Qué libros le mandaba su padre? Marci ríe: “¡Das Capital!… ¡Yo tenía once años de edad! Los Versos del Capitán (de Pablo Neruda), poemas de Gabriela Mistral, Cien años de Soledad (de Gabriel García Márquez). ¡Claro que los leía! ¡Era mi papá el que me los daba! Y así comencé a abrirme políticamente”.

Ella cantó junto a su padre por primera vez cuando tenía 14 años de edad. “Fue en (el Centro Cultural) La Peña, en Berkeley. Él me presentó. ¡Me temblaban las manos, las piernas, ¡todo! Se debió haber visto raro… pero no salió mal”.

No solo creció lejos de su padre, sino que su madre murió cuando ella tenía apenas un año de edad. Ese hecho triste la marcó profundamente. Cuando le pregunté acerca de ello, hizo una breve pausa y su frente se frunció, antes de hablar. Al hacerlo, su voz si volvió más fuerte, como recordando algo que necesita aclaración, y sus ojos, brillantes: “Mi papá no habló mucho de ella, pero sé que le dolió. Algunos decían que mi papá era un muerto de hambre. ¡Pero no era cierto! ¡No! Era talentoso, dedicado, comprometido, amoroso. No solo como padre, sino como amigo”. Al terminar, un par de lágrimas rodaron por su cara.

Los miembros de la familia inmediata de Marci son los principales (casi exclusivos) organizadores del concierto anual en honor a Rafael Manríquez. Algo que no ha sido nada fácil.

“Necesitamos becas, donaciones, organizaciones sin fines de lucro que nos apoyen. Hemos recibido cantidad de apoyo de parte de músicos, amigos y amigas, de los medios de comunicación. A veces nos regalan tiempo en los programas de radio, o en la tele, pero con todo y eso, no es suficiente. Lo haremos en la medida que nos sea posible”.

Marci deja escapar un largo suspiro. Después, sus ojos vuelven a brillar: “El concierto es un acto de amor. Comunal. Una creación poética y musical que nos hace reír, llorar, pensar. La música de Rafael Manríquez se debe conocer. ¡Se debe cantar!”.

Ahí estaremos. Están invitados, ¡a compartir una amorosa herencia musical!

El tercer festival anual Rafael Manríquez será el 10 de junio a las 8 p.m. en el Freight & Salvage Coffeehouse, en Berkeley.

Story by: Carlos Barón