Aunque la ley federal no garantizó a las mujeres el derecho a solicitar créditos ni adquirir un automóvil hasta 1974 —con la Ley de Igualdad de Oportunidades de Crédito—, llevan décadas abriéndose paso al volante. Durante años, han recorrido las calles, personalizado autos clásicos y transformado la cultura lowrider.
Para Lily Cooper, residente de South San Francisco que creció en el Distrito Misión en el seno de un hogar de origen migrante, es habitual verla pasear en un Buick Riviera rosado de 1964 que ha tenido desde hace seis años. Cooper señala que la gente suele sorprenderse al enterarse de que ese lowrider, meticulosamente mantenido, le pertenece.
Para las mujeres interesadas en sumarse a la comunidad lowrider, ya sea construyendo un auto desde cero o modificando su propio vehículo, el consejo de Cooper es sencillo: “Simplemente hazlo. Es un proyecto para toda la vida, no tiene fin. Hay muchísimas posibilidades y mucho qué hacer con tu propio auto”.
Cooper asegura sentirse orgullosa de formar parte de la comunidad lowrider y espera que sus hijas continúen con esta tradición.

El pasado 6 de junio, el Museo de Young de San Francisco celebró a las mujeres de la comunidad lowrider con una exhibición en sus jardines que reunió a más de 20 vehículos. El evento incluyó la proyección de tres cortometrajes que visibilizan a las mujeres de este movimiento cultural, desde el sur de California hasta el Área de la Bahía, acompañados por un panel de discusión.
Esta celebración reflejó cómo el lowriding y las bellas artes finalmente comparten un mismo espacio dentro del museo. Muestra de ello es la exposición LEXICON, donde dos autos de Rose B. Simpson se exhiben junto a sus esculturas. Simpson es una artista multidisciplinaria originaria del Pueblo de Santa Clara, Nuevo México, una zona cercana a Española, célebre por ser la Capital Mundial del Lowrider.
Esta artista expresó su entusiasmo al ver el movimiento lowrider reconocido en el entorno museístico, destacando que el arte detrás de esta manifestación cultural no siempre ha recibido el respeto ni la visibilidad que merece.
Para las mujeres interesadas en sumarse a la comunidad lowrider, su mensaje es directo: “Que nada te detenga. Requiere mucho esfuerzo y dedicación, pero podemos hacerlo. No hay nada que no podamos lograr si nos lo proponemos y le echamos ganas”.
Por su parte, Valerie Tulier-Laiwa, nacida en Texas pero criada en el Distrito Misión, descubrió su pasión por el lowriding durante un viaje con la Universidad Estatal de San Francisco, hacia el este de Los Ángeles. Tiempo después, se unió al primer y único club de autos integrado exclusivamente por mujeres en San Francisco, llamado Frisco Latin Queens. Señaló que la mezcla de latinas y latinos con el movimiento chicano le dio a las mujeres de esta ciudad mayor libertad dentro de la comunidad lowrider: “En general, crecimos bastante empoderadas, así que sabemos de lo que somos capaces, ¿sabes? Por eso pude formar parte de un club de lowriders”.
Tulier-Laiwa, una activista conocida cariñosamente como ‘Mama Bear’, contó que le fascina ver a las mujeres al frente de sus lowriders, ya sea arreglándolos o invirtiendo en sus propias modificaciones.

“Lo que pude hacer en aquel entonces con el lowriding, cuando apenas comenzaba en San Francisco, fue sentar las bases para las generaciones futuras. Y hoy esas generaciones están aquí; el lowriding ya forma parte de la cultura popular”. Y ahora que los clubes de autos integrados por mujeres ganan cada vez más popularidad, Tulier-Laiwa se enorgullece de que las mujeres que forman parte de dicha cultura “les estén haciendo la competencia a los hombres… Ya no dependen de los clubes masculinos ni tienen que pedir permiso a nadie”.
Por su parte, Angel Romero es dueña desde hace 23 años de un Chevrolet Impala morado de 1965, apodado ‘Saturday Love’ en honor a la famosa canción de Cherrelle.
En 2019, Romero fundó el club de autos Dueñas, integrado exclusivamente por mujeres, con sede en Sunnyvale. Romero, quien preside el club, señaló que a las mujeres dentro del lowriding a veces las pasan por alto: “A veces voy al volante, mi novio se baja a ponerle gasolina al auto y la gente le dice: ‘¡Qué gran coche, hermano!’”, contó Romero. “Dan por sentado que el carro es de él. ¿Pero sabes qué? Este es mío”.
El vehículo de Romero formó parte de la exhibición del Museo de Young. “Las latinas somos poderosas, pero cuando nos unimos todas, la hermandad y con mi club de autos, no estaríamos donde estamos hoy sin esa unión”, afirmó.
Por su parte, Ruby Ramírez posee un Chevy Fleetline Deluxe de 1950 desde hace 19 años, bautizado como ‘Xingona DeAquellas’. Ramírez, quien es integrante del Frisco’s Finest Car Club, confiesa que su lugar favorito en su Chevy es el asiento del conductor porque le da el control absoluto, especialmente cuando le sube a la música y sale a dar la vuelta.
Como mujer del movimiento lowrider, señala que la gente está muy acostumbrada a que los hombres sean los dueños de los autos: “No somos solo una cara bonita o una chica al volante; sabemos de nuestros carros. Nosotras conducimos nuestros propios autos”.


