(L-R) Kella Lugo-Rafael as Gladys and Carlos Barón as Miguel in La Lengua Theater’s production of The Arid Silence of Water.
(L-R) Kella Lugo-Rafael as Gladys and Carlos Barón as Miguel in La Lengua Theater’s production of The Arid Silence of Water.

Desarrollada y puesta en escena originalmente en 2024 como parte del ciclo Historias de descolonización de La Lengua Theater, la obra El silencio árido del agua, de la dramaturga puertorriqueña Viviana Calderón, tuvo su estreno mundial del 5 al 16 de agosto en el Teatro Brava, en la Misión.

La obra, dirigida por Virginia Blanco, prepara el terreno para la tercera edición del festival Historias de Descolonización, centrado en el cambio climático, que se presentará los días 24 y 25 de octubre de 2026 en el mismo teatro.

Según un comunicado de prensa, tanto la residencia artística como el festival sirven de plataforma para promover obras que abordan la colonización en curso en el continente americano. El proyecto busca combatir la desinformación y visibilizar el impacto y las consecuencias reales de la colonización que persisten en la actualidad.

La dramaturga Viviana Calderón enfatizó que, si bien la pieza se sitúa en la realidad actual de Puerto Rico, representa las resistencias contra el colonialismo a escala global. Además, resaltó la centralidad del agua, partiendo de la premisa de que la especie humana está constituida en su mayor parte por este valioso elemento.

Para ella era fundamental trascender el cliché turístico de la isla, restringido al sol, las playas y la música, para visibilizar una paradoja dolorosa: estar rodeados de mar y carecer de agua potable. Esta tensión se encarna en el contraste entre las dos familias de la historia, donde una enfrenta la sequía mientras la otra habita en la más absoluta indiferencia. De esa realidad compleja y absurda emerge la fuerza dramática de la propuesta.

La puesta en escena nos traslada al hogar de una familia en el Puerto Rico rural que enfrenta una sequía devastadora, exacerbada por una ola de calor inclemente. Aun ante el clima fresco de San Francisco, el público casi podía sentir en la sala el calor sofocante que rodea a los tres personajes.

Las discusiones entre la pareja protagonista —Gladys (Kelia Michelle) y Miguel (Carlos Barón)— resultaban tan realistas que arrancaban carcajadas entre el público. Por su parte, la actuación de Antonella Scogna en el rol de Natalia, la hija con discapacidad que se desplaza en silla de ruedas, ponía de relieve cómo la sequía y la emergencia ambiental golpean de manera desproporcionada a quienes enfrentan mayores barreras.

Cerca del hogar familiar, quienes recién se mudaron, y a quienes Gladys ha estado vigilando, parecen malgastar el agua. Fiel a su carácter tenaz y combativo, la protagonista resuelve investigar el caso por cuenta propia.

El componente cómico se fortalece con la obsesión de Miguel por el chat con el que sostiene una relación afectiva que resulta irónica frente a la huella hídrica de los centros de datos. La actuación de Barón dota a este dilema de una comicidad sutil pero incisiva, que invita a reflexionar sobre la sustitución de las amistades reales por entornos virtuales y el impacto de esto en la desarticulación comunitaria. Las recriminaciones entre la pareja visibilizan cómo las tensiones cotidianas suelen desviar la atención de las estructuras sistémicas de opresión.

La obra entrelaza el colonialismo y la crisis hídrica de la isla mediante imágenes poéticas, logrando un equilibrio entre tragedia y comedia que el público disfrutó de principio a fin. Asimismo, combinó diálogos, proyecciones audiovisuales y movimiento escénico para ofrecer una propuesta tan entretenida como reflexiva.

La injusticia social cobra fuerza al contrastar los dos hogares en escena, una contraposición paradójica pero profundamente realista.

De un lado se ubica la lucha por el empoderamiento y la justicia hídrica; del otro, los sectores que gentrifican el territorio con pleno acceso a la riqueza. Aun así, la narrativa rehúsa las lecturas simplistas al integrar la figura de la esposa puertorriqueña del hombre acomodado, cuyos cuestionamientos inyectan profundidad y tensión crítica al relato.

El acogedor e íntimo espacio del Brava Studio 2 resultó ideal para esta producción, pues permitió al público adentrarse en la intimidad de ambas familias. La iluminación y el uso de una pantalla colocada entre los dos hogares brindaron mayor nivel de detalle, además de ofrecer una interpretación visual de las emociones, el entorno y la realidad de Puerto Rico. Asimismo, el elemento audiovisual sirvió de puente con el exterior y dio a la dramaturga la libertad de plasmar el tránsito y desplazamiento de la historia.

Cabe reconocer el mérito de La Lengua Theater por abordar la cuestión crítica del acceso al agua. Puerto Rico constituye el ejemplo perfecto, ya que actualmente se enfrenta a una grave crisis hídrica provocada por condiciones de sequía histórica y una infraestructura obsoleta y deteriorada. La gobernadora Jenniffer González ha declarado el estado de emergencia en toda la isla y ordenado cortes de agua rotativos de 48 horas para una población superior a los 180 mil residentes entre San Juan y otras ciudades importantes.

Las actuaciones, la dirección y la escenografía se conjugaron para ofrecer una visión entretenida y profunda de la colonización, capaz de motivar movilizaciones en defensa del clima y los derechos humanos.

Sin duda, El silencio árido del agua es una obra imprescindible.