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Es hora de indignarnos, nuevamente

Es hora de indignarnos, nuevamente

¡No se resignen! ¡Indígnense!  

José Saramago, escritor portugués.

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Escribir es un privilegio. No todos pueden, quieren o se atreven a hacerlo.

José Saramago, el autor cuya cita encabeza este artículo, también dijo: “Todos somos escritores en potencia, pero algunos escriben y otros no”. Según él, tras escribir puedo ser leído por muchos escritores potenciales. Ojalá les inspire a pensar, actuar y a escribir. Trataré de explorar un poco lo que quiero decir al afirmar que escribir es un privilegio.

Esta columna es lo que se denomina una columna de opinión. Una oportunidad para que quien escriba exprese sus ideas. Al escribir, trato de ser directo, claro, convincente, verdadero. Tal vez este último adjetivo es el más problemático: lo verdadero es un concepto debatible.

Bueno, así las cosas, hago uso de mi privilegio y abro este debate: recientemente, hemos sido sacudidos por diferentes sucesos. Ellos nos provocaron enojo, lágrimas amargas o gritos de felicidad. Por ejemplo, expresiones masivas de alegría en celebración por el equipo de básquetbol ‘Los Guerreros del Estado Dorado’ (Golden State Warriors) que ganó el Campeonato Nacional. Días después, la  Corte Suprema de los EEUU decidió —¡una vez más!—prohibir el derecho al aborto y con ello, millones enmudecimos, nos llenamos de rabia o de impotencia.

Antes de ambos sucesos, ocurrió un incidente que ya no ocupa las primeras páginas de los periódicos ni de nuestras mentes: el horror ocurrido en la escuelita de Uvalde, Tejas, donde diecinueve inocentes niños y niñas y dos maestras fueron asesinados por un descarriado joven, dueño de un rifle AR 15. Un durísimo golpe a nuestra conciencia colectiva.

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Cuando ‘Los Guerreros del Estado Dorado’, ídolos del básquetbol local ganaron el campeonato, eso sirvió para aminorar un poco el horror de la tragedia en Uvalde. Por lo menos para quienes vivimos en el área de la Bahía de San Francisco. En el alegre pandemónium, una enorme multitud llenó la Calle Market, mientras los heroicos deportistas recibieron su merecido homenaje. Tal vez la contribución más importante de estos atletas fue el brindar una breve distracción del horror en Uvalde.

Pero un triunfo deportivo no soluciona pobrezas ni pretende ser una respuesta a la crueldad que existe en el mundo. Después de todo, es solo un juego, uno que, hablando del nivel profesional, es un negocio. Los héroes de hoy tal vez sean vendidos mañana al mejor postor. Sin embargo, los deportistas profesionales dicen entender y estoicamente repiten: “Es un negocio”. Así nomás, un negocio más en el capitalismo en el que vivimos. El dinero manda.

Entre los jugadores y entrenadores, hay personas que saben usar el privilegio y la responsabilidad al emitir su opinión y al hablar de temas difíciles, como lo trato de hacer en esta columna. Aunque, claramente, su tribuna es mayor y su audiencia, mundial.

Cuando ocurrió el horror y la cobardía en Uvalde, Steve Kerr, entrenador de los Guerreros, con su voz y facciones convulsionadas por la emoción, expresó indignación contra quienes rehúsan controlar la obscena proliferación de las armas en los EEUU. Fue un dramático ejemplo del poder sanatorio de una persona buena que utiliza una tribuna pública para opinar.

Hace pocos días, cuando la despreciable mayoría conservadora que hoy controla la Corte Suprema decidió retroceder 50 años y volver a penalizar el aborto, la alegría por el triunfo de Los Guerreros se redujo en importancia. Esta vez, las multitudes que salieron a las calles de todo el país no tenían nada que celebrar y mucho que protestar.

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Después de la matanza en Uvalde, los que apoyan la locura armamentista en este país se quedaron en casa. No había nada que celebrar. Sin embargo, por encima de todo flotaba esta fétida realidad: la Segunda Enmienda a la Constitución vale más que el salvar vidas infantiles. Nada más que decir. A los armamentistas les basta con los “pensamientos y rezos”.

Cuando la Corte Suprema declara el aborto ilegal y retorna a la mujer a una familiar posición secundaria y débil, se burla de la famosa frase “Nuestro cuerpo, nuestra elección”. Sin embargo, tampoco hubo marchas multitudinarias que celebraran esa decisión legal conservadora y nauseabunda.

Hace pocas semanas, el retrógrado arzobispo católico de San Francisco, Salvatore Cordileone, prohibió la comunión a Nancy Pelosi, tal vez la mujer católica más importante de este país, portavoz de la Casa de Representantes del Congreso. La razón: ella apoya el derecho al aborto. Sus aliados se enfurecieron.

Sin embargo, es necesario comentar que, recientemente, ella otorgó su apoyo a Henry Cuéllar, el único demócrata de la Cámara de Representantes opositor al aborto. Cuéllar va a la reelección y su adversaria es la mujer progresista Jessica Cisneros. ¿Hipocresía? ¿Cinismo? ¿Una típica actitud política? Por cierto, algo para discutir, o para indignarse.

Al expresar nuestra opinión, debemos siempre buscar una verdad que refleje nuestros valores y creencias. En estos tiempos difíciles, debemos encontrar alianzas donde tal vez no las esperamos encontrar, como en el mundo de los deportes.

Ya celebramos el triunfo de los Guerreros del básquetbol. Ahora, necesitamos guerreros y guerreras para las diversas tareas que nos preocupan. Necesitamos alzar nuestras voces y actuar. Es, de nuevo, la hora de comprometernos e indignarnos.

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