A mitad de Balmy Alley, la valla que sostiene un mural de Héctor Escarramán muestra el paso del tiempo. Pintada en 1995, la obra Íconos del arte mexicano inmortaliza a Frida Kahlo y Diego Rivera junto a otros referentes de la cultura; pero hoy, entre el desprendimiento de la pintura y una enredadera que invade la esquina superior derecha, sus rostros resultan cada vez más difíciles de reconocer.
Durante un recorrido por el callejón con su colega Tirso González, Yano Rivera, quien se describe como ‘doctor de murales’, se detuvo frente a la pieza: «El grado de deterioro ha superado por mucho el punto en el que nos gustaría intervenir para restaurarlo», señaló.
La pieza de Escarramán forma parte de un grupo de seis murales que artistas de la Misión planean restaurar tras recibir una subvención municipal de casi 130 mil dólares otorgada por el programa Community Challenge Grant. Cinco de las obras se ubican en el citado callejón y una más en el parque de la intersección de las calles 24 y York. En septiembre, sus creadores originales regresarán al callejón para iniciar la restauración.
«Es la primera vez que nos unimos como grupo para solicitar fondos», señaló González. Por lo general, cada artista financia la restauración con recursos propios o gestiona subvenciones de forma individual.
Hace unos dos años, él y otra reconocida muralista, Juana Alicia Araiza, se preocuparon por el deterioro de los murales del Balmy Alley y decidieron tomar cartas en el asunto.
«No hay mantenimiento por parte de la ciudad», afirmó Juana Alicia. «Todo recae sobre las y los artistas».
Al equipo se unieron Rivera, la muralista y activista Lucía González Ippolito, hija de Tirso González y vecina del lugar, y Brooke Oliver, abogada especializada en derechos de autor que también reside en el callejón. Fue Ippolito quien, el año pasado, impulsó al grupo a postularse a la subvención.
Quien dirige la asignación de este fondo municipal, Robynn Takayama, declaró que el programa fue concebido con este tipo de proyectos en mente: «Los murales de la Misión no son sólo obras de arte de gran valor estético, cuentan la historia de nuestra comunidad y de las personas que le han dado forma».
Para el Proyecto de Restauración de Murales de la Misión, estas seis intervenciones representan sólo el primer paso. El colectivo planea utilizar los trabajos terminados como evidencia de que la ciudad debe financiar el mantenimiento del arte público con la misma constancia con la que apoya su creación.
«Vemos esto como el comienzo de un esfuerzo mayor», afirmó González.
Memoria colectiva
Más allá de su belleza, los murales son artefactos culturales que preservan la historia compartida del barrio. Las Mujeres Muralistas, un colectivo de artistas latinas, pintaron las primeras obras del Balmy Alley en la década de 1970. En las décadas posteriores, diversos artistas cubrieron el callejón con imágenes de la revolución nicaragüense, la guerra civil de Guatemala y el asesinato del arzobispo salvadoreño Óscar Romero. En 2012, Ippolito pintó junto a su padre una obra sobre la gentrificación del barrio titulada Mission makeover.
«Nosotras contamos nuestras historias porque nadie más lo haría», dijo Juana Alicia. «Sí, es bonito, pero hay mucho más detrás».
Después de que la calle 24 fuera designada como el Distrito Cultural Latino en 2014, Rivera realizó un inventario informal de los murales del barrio. Detectó un vacío significativo que abarcaba desde la década de 1970 hasta la de 1990, fenómeno que calificó como «una pérdida de cultura material».
Cuando el mural Las lechugueras, obra creada en 1983 e inspirada en los años en que Juana Alicia trabajó en la organización de trabajadores agrícolas, se deterioró al punto de hacer imposible su restauración por cuenta propia, la artista solicitó apoyo financiero a las autoridades municipales. La solicitud fue rechazada bajo el argumento de que resultaba más sencillo financiar una obra nueva que restaurar la existente. Así, en 2004, pintó La Llorona’s Sacred Waters sobre ese mismo muro de la esquina de las calles 24 y York.
«Es uno de los íconos de la Misión, pero perdimos Las lechugueras», comentó González sobre la obra que la sustituyó. «Con cada mural que perdemos, perdemos también parte de nuestra memoria histórica, ya que estas obras reflejan nuestra participación en la ciudad, en la política local y en la política internacional».
Irene Pérez, cofundadora del colectivo Las Mujeres Muralistas, había intentado durante años restaurar su propia obra de 1972 ubicada también en el Balmy Alley, pero sin éxito. «No lograba conseguir los fondos ni a personas que la ayudaran», explicó Gonzalez. Gracias a la subvención, la artista asesorará el proceso de restauración, mientras que la muralista Flavia Elisa Mora se encargará de la ejecución pictórica.
Los murales también atraen visitantes al barrio. Organizaciones como Precita Eyes ofrecen recorridos a pie por el callejón, atrayendo a turistas de todo el país y del extranjero.
En una ocasión, el muralista preguntó a un grupo de turistas franceses por qué habían elegido visitar un callejón en lugar de Alcatraz o el puente Golden Gate. Le respondieron que las revistas europeas describen al Balmy como un museo al aire libre, de acceso gratuito y creado por las y los residentes de la zona.
De puerta en puerta
El colectivo no puede intervenir ningún espacio sin la aprobación de la comunidad. Tanto las personas propietarias como quienes alquilan deben dar su consentimiento antes de destinar los fondos de la subvención a cualquier muro, por lo que el equipo ha dedicado largas jornadas a recorrer el barrio tocando puertas.
En un principio, se plantearon restaurar diez murales, pero el plan se redujo a seis. Uno de los proyectos se descartó porque la intervención exigía reemplazar la puerta completa de una cochera, mientras que otras personas propietarias rechazaron la propuesta para evitar complicaciones.
Aun así, la comunidad ha respaldado ampliamente el trabajo. Hay quienes ya han comenzado a retirar vegetación y basura de los muros, mientras el equipo prepara un formulario para recibir el apoyo del voluntariado una vez que inicien las labores de pintura.
«No podemos hacer esto sin la comunidad», afirmó Tirso González.

Los diseños para las restauraciones de Balmy Alley están pendientes de aprobación por parte de la Comisión de las Artes. Una vez confirmada, prevén iniciar los trabajos en septiembre.
Mientras tanto, Juana Alicia trabaja en la intervención de otro muro tras haber conseguido un fondo de Avenue Greenlight para la restauración parcial de Maestrapeace. Esta obra monumental, que cubre la mayor parte del Women’s Building en la calle 18, fue creada originalmente en 1994 por un colectivo integrado exclusivamente por mujeres: siete artistas y cincuenta voluntarias.
El mural no ha sido intervenido desde 2012. «En realidad, debería restaurarse cada cinco años», comentó Meera Desai, otra de las muralistas participantes en su creación.
El panorama general
Con cientos de murales en la Misión y más de mil en toda la ciudad, la conservación y restauración a gran escala podría requerir algo más que subvenciones. «No podemos hacerlo solos», dijo González. «Tendría que ser algo deliberado; por ejemplo, que una parte del presupuesto se destinara exclusivamente a preservar los murales».
«Estamos más capacitados para pintar», señaló Juana Alicia, «no necesariamente para conseguir financiación».
González expresó su deseo de que el Balmy Alley sea designado oficialmente como espacio de arte público y sitio de interés cultural, además de que algunos murales reciban la categoría de monumentos históricos. Este reconocimiento facilitaría la obtención de fondos en caso de que las obras sufran daños.
«Una vez restaurados, se ven como nuevos. Es como cuando pintas tu casa», comentó. «Tendremos seis obras renovadas en el callejón. La gente va a quedar maravillada».

