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Los Guerreros en la Ensenada de los Llorones

Sendero de Lágrimas

Los Ohlone —los pobladores originarios de esta bahía— eran conocidos por penar ritualmente y de manera demostrativa. Al sufrir una gran tristeza, se chamuscaban el pelo y untaban puñados de cenizas, tierra y piedras en sus cabezas, rostros y cuerpo. Era sabido que las mujeres se sacaban sangre de las mejillas y los senos, cuando moría un ser querido. Sus lágrimas habrían trazado rayas en sus rostros manchados y sangrantes, mientras lloraban abiertamente.

El 5 de agosto de 1775, los españoles ingresaron a la Bahía de San Francisco en el San Carlos y anclaron al costado de Angel Island. De inmediato, lanzaron expediciones para explorar y delimitar el área. A unas semanas de su exploración, el segundo piloto, Juan Bautista Aguirre salió con algunos hombres en una lancha para sondear el brazo sureste de la bahía. En una ensenada de la bahía, el marinero observó a tres nativos llorando. Impresionado, Aguirre nombró la entrada la Ensenada de los Llorones, por los dolientes.

Estatua de San Francisco de Asís, con una réplica al fondo de una casa Ohlone hecha de tule, en el cementerio de la Misión Dolores, (12 de octubre de 2017). Foto: Adriana Camarena

Un año después, en junio de 1776, se fundó la Misión de San Francisco de Asís a orillas de un gran estuario llamado la Laguna de los Dolores. El padre Palou la describió, señalando: “que está a la vista de la Ensenada de los Llorones”. La laguna había sido nombrada así por el Arroyo de los Dolores que fluía hacia ella desde las colinas de arriba. Al igual que dichos cuerpos de agua, la misión llegó a conocerse como la Misión de los Dolores.

Un sendero de lágrimas fue efectivamente impuesto a las poblaciones nativas de la bahía por los misioneros. Las misiones de California eran unidades económicas de producción que requerían mano de obra esclava de los indios conversos. Durante los siguientes treinta años, el pueblo Yelamu-Ohlone de la aldea cercana de Chutchui sería aniquilado, y una amplia red de ‘reclutamiento’ respaldada por los mosquetes de los soldados de Presidio acorralaría a personas originarias del este, norte y sur de la bahía para satisfacer la productividad de la Misión Dolores. Con tasas de mortalidad notoriamente altas en las misiones, agravadas por una epidemia de sarampión en 1806; con el reclutamiento forzoso e incesante; con la brutalización y persecución de fugitivos; y con la disminución de las opciones de supervivencia fuera de la economía de la Misión Dolores, eventualmente los sobrevivientes de Ohlone sucumbirían ineludiblemente.

Los Guerreros en la Ensenada de los Llorones

Hace unos meses, en un caluroso y soleado día de septiembre, caminé el largo de la calle 16 desde la Misión Dolores para llegar al interior de la bahía. Pasando a costado de residentes negros, habitantes SRO, sentados en las plazas BART de la calle Misión, pasando por los antiguos corredores industriales al norte de la Misión, subiendo por las faldas Potrero, pasando por el fantasma y antiguo estadio de los Seals, una vez situado entre las calles Bryant y Potrero, y cuesta abajo por el nuevo complejo médico y de condominios multimillonarios de Mission Bay, llegué al borde del agua. Hasta hace poco, la flora y la fauna estaba regresando. Ahora los cielos estaban enegrecidos por un tipo de ave invasiva: grúas motorizadas azules, rojas, blancas y amarillas que se arremolinaban incesantemente cabeza arriba, preparando el regreso de los Guerreros a la Ensenada de los Llorones.

La Ensenada de los Llorones fue rebautizada como Bahía de la Misión por especuladores durante la fiebre del oro, mismos que la dividieron y vendieron en lotes de agua. Fue rellenada vorazmente en los años siguientes. Todo lo que queda de ella es un canal que parece salir de la nada junto a casas flotantes, debajo del puente de la calle 3, pasando por el costado del estadio de béisbol de los Gigantes y fuera, hacia la bahía abierta. Aún lleva las aguas del Viejo Arroyo de los Dolores.

El 17 de enero de 2017, los Guerreros (Golden State Warriors) iniciaron la construcción de su nuevo estadio en el vecindario de Mission Bay. El nuevo estadio se ubicará a tiro directo del Distrito de la Misión cuesta abajo por la calle 16, donde topa con la bahía. El estadio de los Warriors es un golpe de estado de los especuladores de bienes raíces que en una década han convertido a Mission Bay en el patio de recreo para millonarios, donde los extremadamente ricos vendrán a quedarse, pagar y jugar. Algunos jugadores de los Warriors estarán entre esos nuevos residentes ricos.

La Caleta de los Pobres y Plaza del Bart en 16 y Misión

Atardecer y peatones en hora pico por las calles 16 y Misión el 5 de febrero de 2018. Foto: Adriana Camarena

Río arriba del nuevo estadio de los Guerreros vive una comunidad extremadamente pobre en la Misión. En la esquina noreste de la estación del BART de la calle 16, unos vecinos negros se reúnen todos los días para bailar y escuchar melodías alrededor de un estéreo portátil. Al otro lado, en la plaza suroeste, la escena presenta a personas habituales como Birdman y una comunidad de indigentes que reposan sus cansados cuerpos contra las paredes del fondo. Yendo y viniendo, los indigentes traquetean con sus carritos al pasar y se detienen para calentar sus huesos bajo el voluble cielo de San Francisco, y beber una cerveza. Los ‘homies’ o jóvenes de barrio aún suelen pasan ahí un rato.

Las plazas de BART son un mercado diario donde los extremadamente pobres de San Francisco cubren sus necesidades más básicas intercambiando artículos de calidad de tienda de segunda mano. Antes, sobre la plaza, ahora, empujados por la policía hacia el lado oeste de la calle 15 y Misión, los negros cubanoamericanos también ponen sus mercancías a la venta o al trueque, en un mercado coloquialmente conocido como La Pulgüita. Las plazas de BART no son solo ejes de transporte, sino redes de supervivencia basadas en intercambios entre iguales. Aquí, una población diversa coexiste en relaciones de confianza, tiernamente hiladas, para sobrevivir las cargas que los llevaron a estar ahí para empezar.

La sede de hoteles de la Ciudad en las calles 16 y Misión

Las plazas de BART en las calles 16 con Misión también son el origen, el punto focal, de un círculo altamente concentrado de hoteles de ocupación individual (SRO por sus siglas en inglés), hoteles residenciales en la Misión. Muchas de las personas habituales de las plazas viven en un SRO. Después de la Fiebre de Oro, San Francisco se dio a conocer como la ‘Ciudad de los Hoteles’ por su variedad de alojamientos disponibles para residentes de bajos ingresos, itinerantes o permanentes, incluidos los inmigrantes. En 1930, había aproximadamente 90 mil hoteles residenciales o pensiones, que en 1990 se redujeron a 20 mil. Los hoteles residenciales estaban siendo demolidos y convertidos en condominios. El Inventario de Viviendas de 2016 del Departamento de Planificación de San Francisco señala que actualmente quedan solo 498 en la Ciudad.

Manifestantes con la campaña “¡Salvar la Calle Misión!” en las calles 16 y Misión (25 de enero de 2018). Foto: Adriana Camarena

Según una encuesta informal de 2015 realizada por la Colaborativa de Hoteles Residenciales de la Misión, dentro de un radio de media milla, desde las calles 16 y Misión, hay 34 hoteles residenciales de los aproximadamente 50 hoteles SRO en el Distrito. La mayoría de los residentes de SRO en la Misión son residentes de mediana edad y de tercera edad, que sobreviven con beneficios de asistencia por discapacidad y cubren sus necesidades de salud a través del programa Healthy San Francisco (el programa de salud de pago único de la ciudad) o MediCal.

El vecindario se aferra a su última reserva de habitaciones de alquiler para una población abatida por la falta de opciones de vivienda. La ciudad ha anunciado planes para aumentar la vivienda accesible. Hablando acerca de ello con mi amigo Dell, a quien conocí en 2013 en la esquina de la calle 16. Dell es un hombre afroamericano, que originalmente proviene de Chicago, pero ha estado viviendo en hoteles SRO en la Misión de forma casi continua durante 15 años. “¡El problema con que la ciudad diga que es vivienda accesible es que su definición es para alguien que gana de $80 mil a $100 mil!” Explica exasperado y agrega: “La mitad de la gente aquí abajo gana menos de $20 mil al año. ¡Deberían estar construyendo vivienda barata aquí!”. Según el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano de los EEUU, en 2017, un salario de seis cifras de $105,350 para una familia de cuatro, se consideró de bajos ingresos para San Francisco. Esto encubre el hecho de que las comunidades pobres y trabajadoras de la ciudad enfrentan decisiones imposibles para sobrevivir la escalada de la lucha de clases y la gentrificación de la Fiebre de la Tecnología.

Los SRO también son lugares difíciles dónde vivir porque imponen el aislamiento: “Si tuviera una casa, podría invitar a amigos a cenar. En un hotel, los visitantes deben estar en una lista a las 9 p.m.”, dijo Dell y agregó. “No puedo ir a un club, conocer a una mujer y traerla de vuelta tampoco. Además, está el estigma de vivir en un SRO. Una vez me preguntó mi acompañante si esta era una casa de reingreso de prisioneros o si acababa de salir de la cárcel. ¿Qué tipo de lugar es este para llevar a alguien a pasar el rato? Cuando entras, parece que vas a ingresar a una institución estatal en función de la cantidad de cámaras que nos observan por el pasillo. El ascensor es una trampa mortal. Estoy viviendo en una habitación del tamaño de un cubículo de oficina. La única manera de hacer entrar aire es abriendo la puerta. Entonces corro el riesgo de que una rata se meta a mi habitación. También estoy cerca del baño. Si alguien caga, voy a olerlo cada vez. Terminas haciendo amigos con personas de tu mismo nivel social… Para las personas mayores, el aislamiento es aún más difícil”.

Dell y sus amigos se cuidan los unos a los otros para levantarse el ánimo para avanzar. “Una cosa que es encantadora de la calle 16 es que, a menos que seas peligroso, no solo te aceptaremos, ¡trataremos de ayudarte!” En ocasiones, Dell se ha sentido muy desilusionado con la vida. “He pensado en acabar conmigo mismo de vez en cuando, pero luego pienso en Vanessa y todos mis amigos en la esquina. Estarían enojados de que dejé de intentar, que los dejé así nomás. Y, ¿quién se encargaría de ellos, si no yo?” Su amor por sus amigos mantiene a Dell de pie.

La primera vez que conocí a Dell y anoté su número de teléfono, me dijo que lo identificara en mi libreta de direcciones como ‘Sobreviviente de SRO’.

Sobreviviente de SRO

Dell, residente por muchos años de hoteles residenciales en la Misión. Foto: Adriana Camarena

Llamo a Dell para consultarle de nuevo sobre cómo alguien sobrevive en un SRO. Esta vez nos encontramos en el McDonald’s de la calle 24 para tomar un café. Vamos allí porque en la calle 16, el McDonald’s cerró hace dos años y el Burger King el mes pasado. El día en que el Burger King cerró sin previo aviso —siendo el punto de encuentro para personas ancianas y residentes de SRO que dependen de sus tarjetas de transferencia electrónica de beneficios (EBT) para comer— los viejitos y las viejitas que se reunían allí a diario no supieron qué hacer y se sentaron desolados en las pocas bancas de BART.

Dell me ayuda a desmenuzar la economía SRO. “Si tienes Asistencia General [GA, por sus siglas en inglés], tu asignación mensual es de aproximadamente $935. Ahora, tu alquiler mensual de SRO es de $600. GA lo saca directamente de tu cheque de pago. Después del alquiler, te quedan $280 en cupones de alimentos y $55 en efectivo para el mes, pero estás trabajando, limpiando las calles, por este dinero. Checa esto, estás trabajando por ese dinero, pero como lo llaman Asistencia General, no lo llaman trabajo. No tienes vacaciones y no estás calificado para nada más. Si dejas de trabajar, se interrumpe la asistencia y debes comenzar de nuevo para ingresar al sistema. ¡Eso es esclavitud legalizada!”

Él continúa: “Con lo que te queda, tienes que cubrir tus otros gastos. En esta ciudad, puedes gastar fácilmente $100 solo en gastos diarios: debes pagar un teléfono celular. Necesitas comprar una comida tres veces al día. Ya deja una comida, solo un sándwich es un mínimo de $10 hoy en día, o una comida de $7 en el McDonald’s. Eso va a ser $30 con un presupuesto conservador. Agrega el autobús: al menos $2.75 y más si necesitas hacer varios viajes. Si tienes un hábito, también hay eso. Agrega tu ropa y todo lo que surja en un día…” Dell asiente la cabeza con seriedad, “Mucha gente va a vender esas estampillas de comida a las viejitas chinas por algo de dinero extra”.

Existe una alternativa a la Asistencia General de la Ciudad que Dell también explica. “Sin una oportunidad de empleo o capacitación, muchas personas preferirían tomar dinero federal (SSI) ya que pueden quedarse con más para gastos , alrededor de $370. Muchas de indigentes con discapacidades que andan por aquí, no tienen hogar por elección, porque prefieren quedarse con el dinero de SSI, en lugar de pagar un hotel… Ahora, ¿esos edificios por la calle más adelante? Son para techies, jóvenes que trabajan en las industrias de tecnología, que ganan al menos $125 mil al año y pagan de $6 mil a $3 mil dólares al mes de renta. ¡Renta!”

El Monstruo en la Misión

Estudiantes manifestantes de la Escuela June Jordan con la campaña “¡Salvar la Calle Misión!” en las calles 16 y Mission, el 25 de enero de 2018. Foto: Adriana Camarena

Hace unos años, la esquina noreste de la calle 16 y Misión se convirtió en el centro del blanco de demolición de Maximus Real Estate Partners para construir dos torres de condominios de lujo de 10 pisos sobre la plaza BART. De las 331 unidades que proponen construir, solo 41 serían viviendas accesibles. Organizaciones de derechos de vivienda de la ciudad, asociaciones y residentes latinos de la Misión y muchos otros se unieron para formar la Coalición Plaza 16 para impedir el desarrollo que, ahora, es más conocido como el ‘Monstruo en la Misión’. Maximus ha recubierto las estaciones de BART de la Misión con anuncios en los que se proclama “No soy un monstruo”, usando gente de la clase trabajadora en defensa. Recientemente, una maestra presentada en esos carteles declaró que la campaña fue mal comunicada a ella como un proyecto de vivienda accesible. Ella nunca hubiera estado de acuerdo con que se usara su imagen para tales fines.

La triste verdad es que, no importa como Maximus de vueltas a esta historia, seguirá siendo la historia de un especulador que vino buscando ganancias tipo Viejo Oeste, a la cuadra. Ahora que la Mission Bay para los millonarios está a tres puntos de distancia, vieron la oportunidad de rellenar las calles 16 y Misión con condominios para ricos.

Especulando en cementerios sagrados indígenas

John Center llegó en 1849 durante la invasión de los buscadores de oro, pero en lugar de dirigirse hacia las colinas en busca de metal, ocupó tierra en las orillas de la Laguna de los Dolores. Ese tramo de tierra se conocía como Las Camaritas y se extendía de las calles 16 a la 15, entre las calles Misión y Folsom. La tierra originalmente pertenecía a la Misión Dolores. Tras el declive del sistema de misiones en 1934, se le concedió el terreno a José de Jesús Noé, un mexicano californio, en 1840. Las Camaritas tenía un manantial, una pequeña laguna temporal y una arbolada de sauces. El desembarcadero de la Laguna de los Dolores también estaba cerca, construida por los padres misioneros, ladrones de tierra de épocas anteriores. Desde allí, una rápida remada sobre la laguna, rumbo abajo hacia el Viejo Arroyo de los Dolores, llevaría a un bote hacia la bahía.

En una larga e intrincada historia de guerras de ocupantes ilegales sobre Las Camaritas después de la Fiebre del Oro, basta con decir que John Center finalmente aseguró título legal en la década de 1870. En la inauguración de 1909 de la nueva Mission Grammar School y Escuela Primaria Marshall, en el bloque noreste de la 16 y Misión, el entonces alcalde “contó sobre su existencia como un enterramiento indio y más tarde como el huerto del difunto John Center, el pionero quien transfirió la propiedad de la escuela a la ciudad”. El término ‘enterramiento indio’ era entonces lenguaje código para los montículos de concha.

Los montículos de concha fueron construidos por los Ohlone cerca del océano o de las riberas de vías fluviales como ríos, arroyos y humedales. Son colinas compuestas por desechos de mariscos, como mejillones, almejas, conchas de berberecho y ostras, pero también huesos de mamíferos, aves, peces y reptiles, intercalados con cenizas de la cocina y grandes festines. Los montículos también tenían otros usos, como proporcionar elevación sobre tierra baja para apoyar la caza. Los Ohlone enterraban ritualmente a sus muertos en montículos construidos con anterioridad. Con los montículos, los Ohlone parecen estar declarando su pertenencia innegable a esa tierra: Construimos esto. Mis antepasados son de aquí. Yo soy de aquí.

Sobre los huesos de los Ohlone, a orillas de la Laguna de los Dolores, Center construyó un huerto que alimentó a las hordas de los 49er y lo hizo muy rico. Murió en 1908 siendo recordado como el Padre de la Misión, por su participación en el desarrollo de la carrera por la tierra en el vecindario.

En una profunda tragedia, si Maximus Real Estate Developers logra construir sus condominios, no solo borraría el rincón de los pobres y la cultura latina de la Misión, sino que una vez más, repetiría la historia de un especulador profanando los terrenos sagrados de los Ohlone.

Cruce de caminos multinacionales en las calles 16 y Misión

Una ciudad portuaria promete encuentros desconocidos con aquellos que son diferentes a nosotros, y las calles 16 y Misión, en su estado actual, cumplen esa promesa.

El mercado Hwa Lei Market, al lado de donde solía estar el Burger King, es un lugar diminuto, que obliga a los clientes a codearse e intercambiar cortesías cuando se deslizan por los pasillos. Es el lugar al que acuden muchos de los que buscan especialidades asiáticas y del sudeste asiático para preparar la cena como solía hacer la abuela. El mercado de Hwa Lei es un recordatorio de que la Misión es el hogar de un enclave multiétnico de diversas culturas del Pacífico, y lo ha sido desde la década de 1960. Junto a Hwa Lei se encuentra un restaurante chino barato, favorecido por clientes de bajos ingresos de todas las razas. Un poco más abajo se encuentra el City Club Bar, uno de los últimos bares para jornaleros latinos en toda la Misión. Todos estos nichos culturales serán arrasados por el Monstruo en la Misión.

Al otro lado del City Club Bar, la calle Capp comienza su recorrido por la Misión. En un día cualquiera sobre esos primeros bloques que se desplazan hacia el sur, hay personas sin hogar que viajan al Centro de Recursos del Barrio de la Misión que brinda servicios críticos de supervivencia. Al otro lado, está el Centro de Salud Nativo Americano, que da la bienvenida a personas de todas las tribus para servicios especializados, y cerca de las calles Julian y 15 está la Asociación de Amistad de la Asociación de Indios Americanos que ofrece servicios de rehabilitación, incluso un temazcal para la curación ceremonial.

El camino de los inmigrantes mayas hacia el Sueño Americano en San Francisco también tiene su central en la calle 16 y Misión. La gente de Peto, Mamá, Oxkutzcab, Maní, Akíl, Teabo y más pueblos se saludan mientras andan de sus casas al trabajo y viceversa, o se dirigen a la comida yucateca original que está justo arriba en la calle Misión. La Asociación Mayab, que da servicios culturales a los mayas mexicanos y guatemaltecos, se encuentra en un edificio del lado noroeste de las calles 16 y Misión.

De la encuesta 2015 de la Colaborativa de Hoteles Residenciales de la Misión también sabemos que las poblaciones de los SRO retienen la diversidad por la cual la Misión fue conocida: afroamericanos, afrocaribeños, latinos, asiáticos, nativos americanos, isleños del Pacífico y residentes blancos pobres, conviviendo juntos.

Canasta de tres puntos

Marvin Zita, residente de la Misión, guardia de seguridad, jugando en las canchas de basquetbol José Coronado en las calles 21 y Folsom, (6 de febrero de 2018). Foto: Adriana Camarena

La próxima temporada 2019, los Warriors, reconocidos mundialmente por su juego de triples que cambió la historia de basquetbol, regresan a San Francisco para instalarse en la antigua Ensenada de los Llorones. Los Guerreros se fundaron como los Philadelphia Warriors en 1946. Su primer logo llevaba a un indio caricaturesco que botaba una pelota de baloncesto, dibujado en un estilo que recuerda a las representaciones de Sambo de los afroamericanos. Reubicados en el Área de la Bahía en 1962, se convirtieron en los Warriors de San Francisco, y su logotipo fue sustituido por un penacho indio conocido como gorro de guerra. En 1968, el Congreso Nacional de Indios Americanos comenzó una campaña para poner fin al uso de estereotipos despectivos y dañinos de los nativos americanos, como los que los Guerreros habían usado durante tanto tiempo. Desde entonces, el NCAI ha insistido de forma proactiva en que los estereotipos sobre los nativos americanos fomentan un legado de violencia hacia ellos y dañan la autopercepción de las personas nativas al verse representadas como mascotas infrahumanas para el entretenimiento de los demás.

Desde noviembre de 1969 hasta junio de 1971, el Movimiento de Indios de Todas las Tribus, nacido de sus encuentros por las calles 16 y Misión , cautivó al mundo al ocupar Alcatraz. Durante un corto período, recuperaron tierras ancestrales, aunque fuese simbólicamente. Ese mismo año, 1971, los Warriors se mudaron a Oakland, cambiando su nombre a los Golden State Warriors, e hicieron a un lado la apropiación cultural de su logotipo a favor de referencias a la ciudad y el puente. No está claro si el propietario estaba respondiendo al ascenso del movimiento de nativos americanos en ese momento, o simplemente si se trató de negocios como de costumbre. En cualquier caso, el equipo ya se ha despojado de un pasado racista.

La historia sobre la especulación de propiedades en el Área de la Bahía evidencia que el racismo, los bienes raíces y la opresión van de la mano. La franquicia de los Warriors pronto llegará surfeando a la Ensenada de los Llorones en una marea ascendente de desigualdad racial y de clases. Los propietarios y jugadores del equipo tienen la oportunidad de oponerse al horrible legado de nuevos colonos a la Ensenada de los Llorones y, en su lugar, defender la justicia social con los pobres y los desamparados de esta ciudad y sus diversas comunidades.

La lucha contra los especuladores inmobiliarios en los barrios de clase trabajadora es por si misma un esfuerzo como tiro de tres puntos: 1) Proteger los refugios residenciales que los trabajadores de bajos ingresos y los pobres han creado para sí mismos, 2) Expandir espacios públicos donde podamos involucrarnos en relaciones horizontales y sin lucro, como aquellas de los residentes de hoteles que hacen treque sobre las calles 16 y Misión , y 3) Apoyar el trabajo de las tribus Ohlone de la bahía para regresar a sus tierras sagradas. Pero por las constantes faltas de abuso policial, buscamos un punto más: 4) Acabar con la impunidad policial.

Las canchas de baloncesto James Rolph Jr. en las calles Potrero y 25, al sur de la Misión, están abiertas al público. Aquí en un día cualquiera, jornaleros indígenas de Chiapas se reúnen para un juego de básquetbol. Juegan rápido, burlándose en su lengua materna. Mirando desde afuera, me siento afortunada de poder esuchar choteo de peloteros en Tzeltal, desde la primera fila de una cancha de un parque público de la Misión, en pleno 2018.

Story by: Adriana Camarena