Un jaguar pintado en amarillo mostaza se agazapa sobre un suelo ajedrezado en blanco y negro. Su cuerpo, con formas humanas, se equilibra en cuatro patas; sus ojos afilados atraviesan la sala con una sonrisa casi juguetona, casi salvaje. Unas manos de apariencia humana se apoyan contra el piso de mosaico. La cola se curva hacia arriba, suspendida en pleno movimiento. A primera vista, se percibe como un animal. Luego, los detalles cambian: el cuerpo tiene senos.
Esta pintura forma parte de Génesis Androfelino, una serie de tres piezas del artista transgénero Luka Fernández, que se exhibe en Acción Latina como parte de Sinvergüenza, la muestra colectiva de catorce artistas, una exposición que reivindica sin tapujos el término sinvergüenza para celebrar a quienes viven fuera de los roles preestablecidos.
La obra de Fernández es un homenaje a los senos que alguna vez tuvo y un desafío directo a las construcciones de género establecidas. “Me sometí a una cirugía de torso, así que ya no tengo senos. Pero recuerdo cómo se sentía”.
Por primera vez en su vida, este artista peruano-estadounidense de 25 años de edad sitúa su identidad y su experiencia en el centro de su obra. A sus 18 años, comenzó una terapia hormonal como parte de su transición. “En ese momento, no asimilé este cambio fundamental en quién soy”, explicó.

A medida que fue creciendo, esa transformación comenzó a manifestarse en óleos texturizados y surrealistas que exploran la masculinidad, la feminidad y el cuerpo mismo.
Fernández nació en San José, California, de madre peruana y padre estadounidense, se crió en Lima, Perú, antes de mudarse a Buenos Aires, Argentina, durante su adolescencia. Fue allí donde comenzó a identificarse como butch y, más tarde, inició su transición médica. Dado que sus padres se divorciaron cuando tenía 9 años, su crianza estuvo principalmente a cargo de su madre. “Me siento más cerca de la familia de mi mamá, también en lo cultural”, afirmó.
Las veintiún obras de Sinvergüenza confrontan la gordofobia (o body shaming), la misoginia y la homofobia. Fernández, becario de Root Division, explicó que antes creaba pinturas de desnudos realistas, pero que ese trabajo empezó a sentirse superficial: “He comenzado a explorar más mi identidad de espíritu y la descolonización del género mismo”, señaló. “Cuando pinto, no solo retrato mi cuerpo. Estoy pintando o dibujando ideas o conceptos de cuerpos con los que me identifico”.
En la serie del jaguar, Fernández explora dos tensiones: una figura de apariencia andrógina con senos. Este enfoque surrealista, según explica, deconstruye las ideas convencionales de la feminidad.

La exhibición puede leerse como una serie de autorretratos; desde la pieza en acrílico de Josie Dybe, que se muestra desnuda sosteniendo anturios rosas, hasta la fotografía de Violeta González posando frente a una computadora portátil. Más allá del autorretrato, la muestra también reivindica rituales culturales que alguna vez cargaron con el peso de la vergüenza.
En un rincón de la galería se erige el corpiño de un vestido de quinceañera, transformado en escultura por Sophia Diaz-Muca. Lo que antes era una prenda rígida, blanca y restrictiva, ahora cuelga alterada: cortada, adornada y reensamblada.
“A los 15 años, me probé el vestido que mi papá eligió para mi quinceañera”, escribió Diaz-Muca en su declaración de artista. “Yo no quería ese vestido ni esa fiesta. Yo quería un primer beso”. Tras la celebración, metió el vestido en una bolsa de basura y lo guardó al fondo del armario, avergonzada de cómo lucía en las fotos: sus frenillos, su ‘grasita de bebé’, el ángulo de su barbilla.
Años más tarde, Sophia decidió desarmar el vestido. “El vestido se convirtió en ‘ella’”, escribió. “La decoré con las joyas que no pude tirar y con las palabras que nunca logré olvidar”. Ahora, la prenda cuelga en la pared de la galería: el corpiño rígido permanece intacto, pero los bordes están deshilachados y las cintas, anudadas y desatadas. “La belleza no está en la blancura impecable de un vestido”, anotó, “sino en el desastre que eres capaz de hacer”.
Cerca de allí, se encuentran tres autorretratos en blanco y negro. Las imágenes son obra de Stephanie Barajas, una migrante de 33 años de edad, nacida en México y radicada en San José, California.
“Me enamoré de la posibilidad de tener un dispositivo en la mano que pudiera captar el mundo a mi alrededor”, comentó Barajas. Descubrió la fotografía durante varios episodios de depresión, tras graduarse de la universidad con una licenciatura en teatro. “Es algo que ha tenido un impacto enorme en mi vida”.

Mientras aspiraba a ser actriz en Los Ángeles, una red de fotógrafos latinos al este de Los Ángeles la impulsó a tomarse la fotografía más en serio. Barajas comenzó a experimentar con el autorretrato como una forma de recuperar el amor por su propio cuerpo.
“He sido gorda toda mi vida, y mi experiencia como mujer gorda definitivamente ha influido en cómo me veo a mí misma”, comentó Barajas. “Como intérprete y alguien a quien le apasiona contar historias, me resultó natural girar la cámara y empezar a usarme como sujeto y artista a la vez”. Las impresiones están bordadas a mano con hilos de colores como el granate y el amarillo. Las puntadas recorren las imágenes como cicatrices delicadas, representando momentos en los que Barajas se sintió pequeña, atada y cohibida por la vergüenza.

“Sentía que no tenía permiso para ocupar espacio, ni física ni emocionalmente”, explicó. “Esas tres piezas te guían por ese proceso”. Barajas afirma que, con el tiempo, aprendió a fotografiar a las demás personas de la misma forma en que se fotografía a sí misma: sin juicios.
Durante la recepción de apertura de la exposición colectiva el 14 de febrero, Barajas quedó impactada por el poder del arte: “Me conmovió tanto lo mucho que puedes aprender de alguien a través de su obra”, expresó. “Esta muestra realmente te permite mirar muy profundo dentro de cada artista. En su psique, en sus corazones”.
Para Fernández, esa respuesta emocional es el objetivo central: “La belleza no siempre es agradable. Si la obra te hace sentir algo —rabia, vergüenza, tristeza, anhelo—, es una obra exitosa. Así que, si vas a esta exposición y sientes cualquier emoción, quizás debas sentarte a procesarla”.
Una velada de relatos tendrá lugar en Acción Latina, ubicada en el 2958 de la calle 24, el jueves 12 de marzo, de 5:30 PM a 7 PM. La recepción de clausura de la exposición será el 2 de abril a las 6 PM.


