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Columna: ¿Demasiado joven para saber?

[su_label type=»info»]Columna: El Abogado del Diablo[/su_label]

Ilustración: Gustavo Reyes

A qué edad se pueden abordar con los niños los grandes temas: religión, política, sexo?

Dos de mis hijos actualmente son profesores del Distrito Escolar Unificado de San Francisco. Si bien uno de ellos ha enseñado Educación Especial a nivel secundario, ambos también enseñan (y esa es su preferencia) a nivel primaria, kinder y primeros grados.

A veces, me comentan historias sobre sus estudiantes, algunas sorprendentes, incluso alarmantes. Historias que, en una forma casi ominosa, reflejan lo que sucede en nuestra sociedad, comenzando con lo que pasa en el hogar.

Muchas de esas historias no son agradables. Por supuesto, no solo reflejan lo que sucede con los adultos de nuestra sociedad, sino que también a lo que están expuestos las niñas y niños, como la televisión no supervisada, el Internet, las películas; o a lo que no están expuestos: la lectura, juegos que no involucren la tecnología o a las actividades físicas, a los cuentos (a las artes en general); la lista puede ser larga.

Mis breves observaciones están matizadas por el hecho de haber crecido en Chile, a mediados de los años 40 y 50. Eran tiempos más pacíficos, casi bucólicos en comparación con ‘la prisa loca de vivir’ de la actualidad.

Crecí sin televisión ni Internet. Mis compañeras fueron la lectura y la radio. ¡Tuve suerte!

Años después, cuando tomé una clase sobre la historia del radioteatro, aprendí que se le llamaba ‘el teatro de la mente’. En Chile y en el resto del mundo, la familia se reunía a su alrededor. Una experiencia compartida.

Tristemente, terminó hace tiempo. Las imágenes que la televisión, el Internet o los llamados ‘teléfonos inteligentes’ nos envían, han hecho que la radio se escuche mucho menos. Lo mismo pasó con los periódicos. Soy una especie de dinosaurio-lector: leo el periódico diariamente, un ritual de años.

Me encanta leer. Desde que tuve dos años de edad, molestaba a mi nana Yolita, para que me leyera. Eso me dice ella hoy, pues tengo la suerte (¡el mundo tiene la suerte!), de que Yolita, mi segunda madre, siga viva.

Finalmente, cuando cumplí los cuatro años, Yolita me dijo: “¡Carlitos! No puedo trabajar si estoy siempre leyéndole. Le voy a enseñar a leer”. Y así lo hizo.

Entré al mundo de los libros con placer. Leía de todo, pero me entusiasmé con la mitología griega y con las aventuras en general. Tal vez porque mi colección favorita incluía doce libros empastados en cuero verde, publicado en los 1920 por el brasileño Monteiro Lobato.

Se llamaba El Benteveo Amarillo, un pájaro común en Brasil, y trataba sobre las aventuras que le sucedían a una familia muy alternativa.

¿Cuán alternativa? Júzguenlo: a la cabeza de la familia estaba la aventurera Abuela Benita, quien era ayudada en sus labores por Anastacia, una dulce negra llena de conocimientos comunes y no tanto.

Luego, estaban Naricita y Perucho, primos entre sí  y nietos de Doña Benita. Naricita y Perucho andaban por los 11 años de edad.

Añadimos una muñeca parlante, Emilia, un personaje impertinente y rudo. (Hoy, se diría que Emilia era ‘políticamente incorrecta’). Emilia no solo decía “mamá”, sino que era capaz de entablar conversaciones y argumentar como la mejor picapleitos.

La familia vivía en el Benteveo Amarillo, una casona vieja pero cómoda del campo brasileño, rodeada de mágicos arroyos, montañas y de varios personajes interesantes, humanos y no, capaces de interactuar sin problemas, a pesar de las distancias entre especies.

En el ombligo de la trama estaban los mágicos ‘polvos del perlimpimplín’,  los que Doña Benita guardaba en una poco secreta cajita. Inhalando esos polvos, Benita, sus nietos y Emilia, podían transportarse en tiempo y espacio.  Ir, por ejemplo, al famoso siglo V, en Grecia, donde interactuaban con famosos personajes históricos como Pericles, o el arquitecto Fidias. O con héroes mitológicos, como Hércules. O ir a la Luna, ¡y deslizarse por los anillos de Saturno!

Las nietas del autor, Itzel y Luna, durante una marcha sobre inmigración, en agosto de 2017. Foto: Dulce Barón

Pero esas historias espectaculares no me enseñaron sobre sexo, religión o política. La educación sexual no fue un tema central en nuestra niñez. Un poco después, aprendí más mirando a los desinhibidos perros, a las gallinas y a los caballos, que lo que nunca aprendí de la raza humana. Aunque esas lecciones fueran crudas y desordendas lecciones, me sirvieron de asombroso preámbulo.

Entonces, ¿cuán temprano debemos conversar con nuestros niños y niñas acerca de los grandes temas?

Creo que es una ciencia inexacta, pero está claro que ‘nuestros locos bajitos’ (como canta Juan Manuel Serrat), son capaces de entender y de ser afectados más de lo que pensamos.

Hace solo una semana, una de mis nietas, de siete añitos, contó a su madre: “Mami: esta niña dijo en clases que Dios la había hecho. Yo le dije “¡Ah ah! A mí no. ¡A mi me hizo mi mamá!”

Como adultos, ¿qué debemos hacer? ¿Evitar las conversaciones difíciles? ¿O encargárselas al sistema escolar y a sus mal pagados y poco respetados profesionales?

Opino que debemos involucrarnos con nuestros niños y niñas. Si no entendemos que son unas ávidas esponjas y dejamos que sean guiados por ‘las nanas tecnológicas’, abandonando o descuidando nuestros deberes como adultos guías en sus vidas y dejando su educación principalmente en las manos de los maestros y maestras que conforman nuestro aporreado sistema educativo, no seremos adultos responsables… además que habremos de perdernos el mágico proceso de interacción con quienes son nuestro futuro.

Story by: Carlos Barón