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Una carta desde Chile

*Nota de columnista Carlos Barón: Pedí a mi amigo René Castro que me dijera cómo veía lo que está pasando en Chile. René fue un miembro respetado de la comunidad artística de la Misión (y de San Francisco) durante los años que vivió en los EEUU. Ahora vive en Chile. Esta es su carta:

Chile es un país de terremotos, de movimientos telúricos. En invierno, hay oleajes gigantescos en el Pacífico Sur. Sunamis.

Lo que hemos visto en este mes recién pasado es un terremoto social y como todo terremoto, tiene los resultados imprevisibles del comportamiento humano. 

Para algunos, es un atentado contra la propiedad privada, sagrada para el sistema democrático representativo chileno. Una democracia representativa que no representa a todos y que ha demostrado su incapacidad de contener la tremenda disconformidad que provoca. Un sistema que defiende todo lo privado, incluyendo la empresa privada y el poder privado.

Pero los inconformes con esa fórmula dicen, “a nosotros también nos han privado. Nos han privado de salud, nos han privado de una educación justa, nos han privado de salarios justos, nos han privado de jubilaciones justas, nos han privado de una justicia. ¿Dónde está la justicia?”

La respuesta del gobierno ha sido militarizar el país, reconociendo así su propia incapacidad de contener políticamente esta difícil ecuación de equilibrio entre los que ostentan y abusan del poder, y los que tienen que obedecerles ciegamente.

La sociedad se mantiene por un frágil equilibrio entre el poder político y su aparato militar, pero ellos dependen de un tácito respeto de la ciudadanía por el orden social. 

Es este orden social el que no merece respeto y ha llevado a este terremoto social. Terremoto provocado por la falta de las posibilidades de expresar descontento por parte de los y las que reclaman desde hace décadas con un grito callado, confundidos por las manipulaciones de la prensa oficial, que nos hacen creer que vivimos según el presidente en “un oasis, comparado con el resto de países de América Latina”. Pero los habitantes del oasis han dicho ¡basta!.

La imposibilidad de la clase gobernante de ver su propia iniquidad, esa obtusa visión de que lo correcto y lo justo lo proporcionan ellos, los que detentan el poder, ha hecho que una parte importante de nuestra sociedad salga a las calles a reclamar lo suyo… y le responden militarizando el conflicto, con estado de sitio, con toque de queda. 

Eso lo vivimos en el pasado y el resultado de no haber asumido esas crueles realidades es este fenómeno de hoy. Las mismas jerarquías militares, eclesiásticas, judiciales, legislativas y políticas, están siendo cuestionadas por múltiples delitos al orden social. 

Ya nada podía contener el descontento. Eran muchos los saqueos y colusiones de los precios de las empresas, los dineros ilegítimos a las campañas electorales, los robos por parte las fuerzas de orden, la falta de impuestos justos a los grandes empresarios. 

Los políticos, desde el palacio de gobierno, han caracterizado a los protestantes como delincuentes, terroristas, hordas de marginales a la sociedad y no como legítimos demandantes de justicia social.

Mas la población chilena no está ciega… aunque ahora —literalmente— le disparen a sus ojos. Ven muy bien y también saben que esos claramente culpables no serán castigados de acuerdo a la dimensión del delito.

La izquierda tradicional también es parte del problema, por no ejercer su función de control como oposición y —hasta ahora— se suma a una especie de silencio conspirador que cumple con el propósito de defender su propia existencia y no de liderar en cuestionamiento al estatus imperante. Sus representantes siguen actuando en defensa de una ‘transición a la democracia’ que ya no cautiva a nadie, si es que alguna vez tuvo esa cualidad. 

¿Por qué querrían ellos (la clase política) perder sus garantías en un sistema —que aunque disfuncional— los favorece? El resultado de las mayores manifestaciones en la historia del país, ha dejado decenas de muertos, cientos de heridos y miles de detenciones a civiles. 

También ha dejado un récord digno del guinness del horror para el presidente: en menos de un mes 217 personas con trauma ocular severo por los balines de escopeta, disparados por carabineros que su ministro del interior no controla. 

Lo que la gente quiere y que ahora sigue luchando para conseguirlo, es un cambio total a la Constitución y un nuevo pacto social que se debe obtener de allí. Una nueva Constitución que sea diseñada por todos los actores del país, incluyendo a la gente común y a los políticos que sepan interpretar el descontento social y que no traten de beneficiarse de ella. 

El pueblo chileno ya no está dispuesto a bailar la música que le toquen. Esta es una rebelión al compás de tambores y bailes que son nuestros ritmos, que exigen libertad, igualdad y dignidad. 

Telúricos son los terremotos sociales. Aunque dolorosos, tenemos que vivir con ellos, ser parte de ellos.

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