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Una carta desde Chile: El alma enferma del país

Iglesias quemadas o aficionados al fútbol asesinados a la salida del Estadio Nacional, otrora mayor campo de concentración y de masacres impunes en Chile. Todo ha sido expuesto ante los medios de comunicación masiva, que de no haberlo sido así, habrían quedado en la impunidad. 

Tratando de entender el daño moral, ético y espiritual del país a la luz de los acontecimientos recientes, tendríamos que remontarnos en la historia, examinar lo que se determinó como país después de las luchas independentistas y revisar la heroica resistencia de los pueblos originarios. 

La codicia y el control de la tierra llegó con la colonización española y luego, continuó con la ‘Pacificación de la Araucanía’, realizada por los nuevos habitantes del suelo nacional, territorio arrebatado, primero a la corona española, y luego (y desde siempre) a los pueblos originarios. 

La muerte y la destrucción son el legado de esa ocupación territorial original por parte de los españoles, continuada después por esos nuevos criollos y mestizos de clase alta. La construcción de fuertes e iglesias fueron los símbolos de la nueva arquitectura. Así, se construyeron pueblos, ciudades, lugares de culto y se echó a andar la nueva sociedad, siempre brutalmente injusta y con esos símbolos religiosos, militares por delante, estableciendo una legalidad validada históricamente por los políticos en turno. 

La lucha por la equidad y el equilibrio social han sido testigos de grandes masacres y los sacrificados siempre los mismos: los oprimidos y vulnerables, habituados a sufrir un gran dolor en el alma. 

Ilustración: Marcela Paz Peña/@isonauta

La destrucción, la violencia y los saqueos en la actualidad, tienen vínculo directo con la manera en que se desarrolló esta sociedad de ajusticiamientos y traiciones políticas. No podemos negar la historia y duele ver iglesias patrimoniales ardiendo en Chiloé y ser testigos del vandalismo a algunas parroquias en ciudades importantes de todo Chile. Pero hay que verlo como una ofensa a lo más representativo de la fe cristiana y a las comunidades de feligreses. Son imágenes que causan dolor, aunque uno no predique religión alguna.

Chile es un país que tiene una enfermedad antigua, una enfermedad espiritual, moral y ética que nos contagia a todos y se expresa en los hechos violentos de esta encrucijada que estamos atestiguando. También tenemos que ver con los ojos del alma de aquellos que perdieron la capacidad de ver la luz ante la violencia desatada por el gobierno. 

Todo esto es mucho más que una crisis política, es una crisis del contenido del alma y del corazón de la nación. 

Ya nada nos sorprende y eso es un símbolo del contagio que padecemos: se está quemando lo de un valor irreemplazable, lo que tiene historia, lo que tiene alma, eso es el daño más cuantioso de lo que se pierde con hacer arder una iglesia en Chiloé. Las llamas que la consumieron y transformaron en cenizas ya no iluminan, más bien oscurecen.

Se espera la élite política y económica en control entienda que no se puede apagar el fuego con violencia y que ver un crimen prácticamente impune a la salida del Estadio Nacional después de un evento deportivo (como fue el atropello brutal de un joven hincha por parte de un vehículo policial) no puede quedar sin castigo, cualquiera que sea el ejecutor que lo gatilló desde el arma institucional. 

Tanto la quema de iglesias como el asesinato de ese joven aficionado, son hechos de violencia extrema, síntomas de un descontento mayor, más grande y antiguo. 

El alma nacional solo sanará cuando exista un punto de encuentro en el que todos nos sintamos parte de la solución a la inequidad y justicia social. Solo entonces podría suceder que la quema de una iglesia, el dejar ciegos a ciudadanos inocentes o asesinar a aficionados al deporte nacional, un hincha del club más representativo del país, no queden impunes. 

Solo entonces, tal vez, nos podríamos sensibilizar y reencontrar la poesía en una nueva constitución. Una que dé cobijo a todos y garantice la convivencia pacífica y el reencuentro con el alma y el corazón de la nación. 

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