Now Reading
Un Sinfónico Día de Muertos

[su_label]El Abogado del Diablo[/su_label]

[su_carousel source=»media: 39450,39449,39451,39452″ limit=»100″ link=»lightbox» width=»800″ height=»540″ responsive=»no» items=»1″]

Carlos Barón

El pasado 3 de noviembre, al aproximarnos al Salón Sinfónico Louise M. Davies, el sol del mediodía iluminaba y creaba una atmósfera especial. El público congregado incluía diversas edades, muchos luciendo coloridas vestimentas y hablando predominantemente en dos idiomas: inglés y español.

Al interior del salón de la sinfónica y en sus diversos lobbies y pisos, había una bella exhibición de instalaciones relacionadas con el Día de Muertos: máscaras de papel maché de diversos tamaños, música de mariachis (este año se presentó el Mariachi Juvenil de la Misión), se vendía tamalitos y varios actores y actrices vestidos y maquillados con los colores y las vestimentas tradicionales de ese día, con una presencia predominante de elegantes catrinas. Un público congregado en el edificio se deleitaba en todos sus diversos espacios.

Fue el décimo primer año que la Sinfónica de San Francisco organizó el Concierto de Celebración Comunitaria del Día de Muertos.

Al iniciarse el concierto, el entusiasmo era palpable. Con la claramente experta y alegre batuta del director invitado, el portugués-americano Jacomo Bairos, el público gozó una interesante mezcla de música clásica, de autores como Johann Sebastian Bach (alemán), Silvestre Revueltas (mexicano), Manuel de Falla (español) y Ernesto Lecuona (cubano).

En la segunda parte, Los Hermanos Villalobos, nacidos y criados en Xalapa, México, presentaron una alegre mezcla de música clásica y mexicana. Las raíces de los hermanos eran indiscutibles: comenzaron cantando con unos fuertes y entusiastas falsettos al estilo mexicano, acompañados en sus tres virtuosos violines.

Apoyados por un buen número de músicos de la Sinfónica de San Francisco, la combinación fue una saludable expresión de interconexión musical.

Cuando los Villalobos cantaron su adaptación de una clásica pieza folklórica mexicana, cambiando la letra para tocar el tema de la inmigración, me encantó el que varios músicos de la Sinfónica sonrieran, exhibiendo su bilingüismo.

La respuesta del público al segmento de Los Villalobos fue por mucho diferente al comportamiento más tradicional de los asistentes a concierto de música clásica: algunos gritaron entusiasmados cosas como “¡Viva México!”, a lo cual alguien secundó: “¡Y la mitad de los EEUU!”. A esos gritos se sumaron “¡Viva!” a “la caravana de migrantes invasores”, así mal nombrados por algunos de nuestros líderes sin brújula ni empatía.

La celebración del Día de Muertos se ha transformado en un importante ícono en el calendario cultural de San Francisco.

Cada 2 de noviembre, el Distrito de la Misión, el aún vigente bastión de la comunidad latina —aunque transformándose en un complicado espacio multicultural— se vuelve en una enorme y colorida celebración del Día de Muertos.

Durante ese día, un gran número de gente desciende sobre La Misión para gozar de la atmósfera, que incluye un masivo desfile, con mucha música y bailes, con los sempiternos danzantes aztecas, mucho incienso, comida y ‘calacas’, de quienes se pintan la cara o las que aparecen en dibujos, pinturas, murales y vestuarios.

La versión sanfranciscana de una antigua tradición mexicana (aunque otros países latinos también recuerdan a sus muertos) comenzó hace más de 40 años, con un número relativamente pequeño de público y artistas. Entre las personas que iniciaron el evento, hay que mencionar al recientemente fallecido René Yáñez y los artistas de la Galería de la Raza, la cual es muy lamentable que esté a punto de perder su tradicional esquina de operaciones, en la intersección de las calles Bryant y 24.

Con el creciente tsunami de reposesiones, aunado a la aparición de lujosos condominios, creados por “la invasión de una amenazante caravana de industrias e individuos techies”, un fenómeno que ha alterado dramáticamente a The City, nuevas alianzas deben crearse, para salvaguardar nuestras expresiones culturales.

He ahí la importancia de la Celebración Comunitaria del Día de Muertos de la Sinfónica de San Francisco.

Hablé brevemente con Martha Rodríguez Salazar, mexicana, a quien el programa del concierto del Día de Muertos la define como “la curadora pre-concierto y consejera musical” y quien ha desempeñado ese puesto desde 2008, año en que iniciaron estos conciertos.

Al preguntarle acerca de sus experiencias, Martha dijo: “Este es mi décimo primer año organizando la celebración y siempre es muy emocionante vivir el proceso de creación y planeación. Es muy satisfactorio poder impulsar y promover la obra de artistas del Área de la Bahía que no han tenido oportunidad de exhibir en otros lugares. No sólo músicos sino también artistas gráficos, diseñadores y escultores. También aprendo mucho de los artistas invitados que son más reconocidos. Siendo una músico clásico que también toca música folklórica de Latinoamérica, es muy importante para mi poder fomentar la interconexión artística entre diferentes culturas (latinos-anglos, clásico-popular). Por esto mismo, he aprendido a reconocer lo que nos une y lo que nos separa”.

Estoy de acuerdo: mientras más, mejor. Este Concierto Comunitario del Día de Muertos se ha transformado en otro importante ícono en el calendario cultural de San Francisco. Es nuestro deseo que esa colaboración Sinƒónica-Comunidad siga creciendo, añadiendo nuevos conciertos que muestren la calidad de la música clásica latinoamericana, y ojalá a un precio adecuado a nuevos públicos, ¡que sí van a asistir!

Story by: Carlos Barón